Morelia, Michoacán.- Han pasado 25 años, pero para muchos comerciantes la madrugada del 5 de junio de 2001 sigue siendo un recuerdo difícil de borrar. Esa noche, mientras el Centro Histórico era acordonado y comenzaba el retiro de cerca de más de mil puestos ambulantes y semifijos de calles, plazas y banquetas como parte del Plan Maestro para el Rescate del Centro Histórico, cientos de familias vivieron horas de incertidumbre que marcaron un antes y un después en su forma de ganarse la vida.



Después del operativo vino la reubicación. Los comerciantes fueron enviados a distintos espacios como Plaza Allende, Plaza San Francisco, San Juan, Manantiales, Capuchinas, Humboldt y la zona de la Central Camionera Nueva. Ahí comenzaron una nueva etapa que, 25 años después, muchos recuerdan como el inicio de una lucha constante por recuperar a los clientes que antes encontraban en las calles.
Las historias cambian de nombre, de giro comercial y de ubicación, pero tienen algo en común: quienes vivieron aquel proceso aseguran que la vida ya no volvió a ser igual.
El señor Burgos es uno de ellos. Hace un cuarto de siglo trabajaba con un puesto móvil de cerrajería en el Centro Histórico. Recuerda que aquella madrugada el operativo sorprendió a los comerciantes. Personal del Ayuntamiento llegó con camiones mientras la zona permanecía acordonada y resguardada por policías.



Su puesto fue trasladado con una grúa hasta su domicilio, aunque asegura que parte del material de otro negocio que también tenía nunca le fue devuelto.
Tiempo después obtuvo, mediante un sorteo, un local en Plaza Allende. A su esposa le asignaron otro espacio en la plaza San Francisco y posteriormente solicitaron un intercambio para acomodar mejor el negocio de cerrajería.
Hoy ese local continúa abierto y es atendido por su hijo, mientras él estableció otra cerrajería. Sin embargo, asegura que muchos de los comerciantes originales ya no permanecen en la plaza. Algunos vendieron sus derechos, otros los traspasaron y varios optaron por rentar sus locales.
Aunque considera que las plazas reciben visitantes, reconoce que el movimiento nunca fue igual al que tenían cuando trabajaban en el Centro Histórico. También señala que Plaza Allende enfrenta problemas de mantenimiento, principalmente por las goteras que aparecen cada temporada de lluvias.
La incertidumbre también quedó grabada en la memoria de María.
Recuerda que durante años se hablaba de una posible reubicación, pero nunca había certeza sobre cuándo ocurriría. Aquella noche recibieron el aviso de que el Centro Histórico estaba siendo acordonado y, cuando llegaron, el operativo ya estaba instalado.
“Cuando llegamos ya estaba todo el operativo”, recuerda.



Explica que durante varias horas los comerciantes intentaron recuperar sus estructuras y mercancía para seguir utilizándolas en el futuro. Ella acudió acompañada de su madre, una mujer adulta mayor con diabetes, y de su hijo, que entonces tenía apenas entre cuatro y cinco años.
Afirma que algunos compañeros resultaron afectados durante el operativo y recuerda momentos de tensión con los elementos que resguardaban la zona. Incluso relata que en un momento algunos policías intentaron detenerla, pero otros comerciantes intervinieron para impedirlo.
Más allá de aquella madrugada, dice que el golpe más fuerte llegó después.
“Yo sabía que salía a vender y, aunque no trajera dinero, por lo menos para comer sacaba. Aquí salimos con la incertidumbre de que no se vende y te puedes quedar uno o dos días sin comer”, expresa.
Para María, uno de los factores que influyó en el funcionamiento de las plazas fue el hábito de compra de los morelianos.
“Estamos acostumbrados a ir caminando, ver una playera, un pantalón o un dulce y comprarlo ahí mismo. No estamos acostumbrados a ir a una plaza a buscarlo”, reflexiona.
También considera que, aunque el comercio en el Centro Histórico cambió con los años, actualmente muchos espacios continúan ocupados por mesas y otros establecimientos.
“No deja de haber comercio; sólo cambió la forma”, comenta.
La historia de Angelina Romero Hernández comenzó lejos de los portales. Durante 12 años vendió barbacoa junto con su familia en la esquina de Santiago Tapia y Riva Palacio, cerca del entonces Seguro Social.
Cuando les informaron que ya no podrían permanecer ahí, realizaron el trámite para obtener un espacio en una de las plazas comerciales y, mediante un sorteo, recibió un local en la Plaza San Francisco.
Recuerda que en el lugar donde trabajaba existía un movimiento constante de personas gracias al hospital. En la plaza, en cambio, los clientes tardaron en llegar.
“Los primeros años aquí fueron fatales. Pasaba la gente y nos veía como si fuéramos muñequitos de museo; ni siquiera preguntaban cuánto costaban las cosas”, relata.
Mientras las ventas no llegaban, los gastos seguían acumulándose. Recuerda que muchas familias tenían varios hijos y debían pagar incluso el uso de los baños, además de comprar comida y agua.
“La gente se estaba comiendo su mercancía y al mismo tiempo no vendía nada”, recuerda.
Con el paso de los años varios comerciantes abandonaron sus locales para regresar a los tianguis o buscar otras alternativas de trabajo. Ella logró mantenerse gracias al apoyo económico de su esposo, quien ayudó a sostener el negocio cuando las ventas no eran suficientes.
Hoy asegura que el comercio sigue funcionando prácticamente al día. Lo que venden se utiliza para volver a surtir mercancía y cubrir los gastos familiares.
Otro de los problemas, dice, ha sido la falta de promoción.
“Desde afuera parece una casa; no parece una plaza”, comenta al explicar que muchas personas desconocen que en el interior de la Plaza San Francisco existen locales de comida, ropa, joyería y otros productos.
Carmen también conserva recuerdos de aquella época. Su familia trabajaba en un puesto instalado frente a la antigua tienda La Esmeralda, donde vendían distintos productos según la temporada: útiles escolares, fruta, peluches o ropa.
Después del operativo, su hermano fue reubicado en una de las plazas comerciales. Recuerda que él le contó que algunos comerciantes resultaron afectados por el gas lacrimógeno utilizado durante la intervención y que incluso necesitó ayuda porque la irritación en los ojos le impidió continuar.
Con el paso del tiempo, las ventas disminuyeron y finalmente dejó el comercio para trabajar como chofer del transporte público.
Carmen considera que algunas plazas lograron mantenerse con mayor actividad que otras, aunque reconoce que muchos de los espacios asignados hace 25 años terminaron quedando vacíos conforme los comerciantes buscaron otras formas de sostener a sus familias.
Hoy, un cuarto de siglo después, los pasillos de esas plazas siguen abiertos. Entre sus locales aún permanecen algunos de los comerciantes que vivieron aquella madrugada de 2001. Cada uno recuerda un episodio distinto, una pérdida diferente o un nuevo comienzo, pero todos coinciden en que aquel día transformó su forma de trabajar.



Las cortinas continúan levantándose cada mañana. Los clientes siguen llegando, aunque no con la misma frecuencia que antes. Y entre los pasillos de Plaza Humboldt, Plaza San Francisco y otros mercados permanece la memoria de quienes dejaron las calles para empezar de nuevo en un lugar que, 25 años después, todavía intenta encontrar el movimiento que alguna vez conocieron.
Fotos: Félix Madrigal / ACG.



