Héctor DIMAS
Nos adoctrinan perpetuamente sobre la falacia de prejuzgar un volumen por su portada, y aunque incurrimos invariablemente en dicho yerro, esta novela constituye una prueba paradigmática de cuán pernicioso puede resultar ese prejuicio. Si uno se atiene a la titulación y a la ilustración de la cubierta, inferiría que posee entre sus manos una narración truculenta de horror visceral. Por ello comprendo la consternación de cuantiosos lectores sobre “Los Devoradores de Cadáveres” (1976) .
En la red proliferan las diatribas de usuarios defraudados porque, al adentrarse en sus páginas, no hallaron carnicería, sino un artefacto que emula una edición crítica universitaria, con exordio erudito, apostillas a pie de página y aparato bibliográfico. De ahí su vilipendio y sus exiguas calificaciones. Y resulta una iniquidad, porque la operación que ejecuta aquí Michael Crichton es infinitamente más audaz y sofisticada: erige una superchería magistral, una fabulación que se traviste de tratado académico para forjarle un sustrato historiográfico y documental a Beowulf, la epopeya medieval por antonomasia.
Es un libro que se saborea con mayor fruición si se acomete prevenido. Yo transgredí mi propio precepto y acometí la lectura por el epílogo del autor, y constituyó una resolución inmejorable. Allí, el autor desvela su artificio: nos exhibe el conjunto como si fuese una reedición contemporánea del manuscrito de Ibn Fadlan, aquel periplo árabe del siglo X que efectivamente existió y que convivió con las hordas nórdicas de los Rus. Inclusive los tres capítulos primigenios son prácticamente una transcripción literal del Ibn Fadlan fidedigno, el que exhumó y compiló Richard Frye. A partir de ese umbral, Michael Crichton usurpa su dicción sobria, casi científica, y principia a interpolar episodios apócrifos. La argucia es tan sutil que adviene un instante en que el linde entre el cronista verídico y el novelista fabulador se torna indiscernible. Y así, sin estridencia, te va precipitando hacia una saga de un megaron regio asediado por una entidad que irrumpe con la bruma, y de unos paladines que pretenden repelerla.
En la intriga, Ibn Fadlan es aún un mancebo cuando el califa de Bagdad lo comisiona como legado ante el monarca de los Saqaliba, el dominio eslavo del Volga. La caravana progresa hacia el septentrión, atraviesa la jurisdicción de los turcos oguz y acampa en las riberas del Volga. Hasta ese punto, todo es crónica. Es entonces cuando Crichton pervierte el derrotero: Ibn Fadlan colisiona con Buliwyf, un caudillo vikingo inmerso en una disputa sucesoria por el trono de un cacique moribundo. En medio de esa zozobra emerge un efebo arribado del norte con una súplica angustiosa. Proviene de parte del rey Rothgar, cuyo magno salón, Hurot, está siendo diezmado noche tras noche por un aciago innombrable. Buliwyf asiente al reto y recluta a doce guerreros para la incursión. Entre ellos, casi por coerción, enrolan a Ibn Fadlan. Lo que le aguarda no es una embajada diplomática, sino una inmersión en las entrañas de Escandinavia donde deberá permutar el cálamo por el gladio y refutar todo el paradigma que concebía sobre el orbe.
No desvelaré el colosal “qué pasaría si…” sobre el que gravita la novela, porque su anagnórisis paulatina constituye parte del deleite, aunque si lees el epílogo con antelación, como ejecuté yo, Crichton te lo explicita sin ambages. Jamás había leído ningún opus suyo, pero sí he visionado Parque Jurásico, y el engranaje es análogo: algo que reputábamos extinto o quimérico retorna y hace tambalear nuestra soberbia antropocéntrica, con todas las derivaciones éticas y biológicas que ello acarrea. En “Los Devoradores de Cadáveres”, esa premisa adquiere vigor merced al estilo gélido y observacional de Ibn Fadlan, cual si fuese un etnógrafo consignando apuntes. Esa impasibilidad lo torna más perturbador. Y lo superlativo es que resulta verosímil, lo bastante como para no desalojarlo de la psique. A mí me pareció un artificio sumamente ingenioso, sobre todo por ese andamiaje de notas y bibliografía espuria de la cual el propio Crichton nos conmina a recelar en el epílogo. Es conciso, perspicaz y te deja sumido en cavilaciones.
Como innumerables lectores, yo accedí al libro tras haber visto la adaptación cinematográfica, “13 Guerreros”, de 1999. Mi evocación es bastante difusa, y no excesivamente encomiable, pero también la contemplé a los catorce años en plena efervescencia por Antonio Banderas, así que dudo que estuviese ponderando su fidelidad literaria. Presumo que el filme extirpó precisamente aquello que singulariza al libro, toda esa arquitectura de erudición falaz, y lo redujo a una aventura de acción anodina. ¿Algún espectador que la haya revisitado recientemente podría dictaminar si traiciona en demasía al original? Si algún bibliófilo anhela leer al Ibn Fadlan genuino, sin la interpolación de Crichton, el pórtico más idóneo parece ser la edición de Lunde y Stone, “Ibn Fadlan and the Land of Darkness”. Recopila también otros testimonios de viajeros árabes que arribaron al septentrión europeo entre los siglos IX y XIV. Yo todavía no lo he auscultado, pero ya lo tengo consignado para una lectura ulterior.



