Dieciocho años después la memoria permanece intacta y las fiestas patrias no volvieron a ser lo mismo. | Fotografía: Félix Madrigal/ACG.

Morelia, Michoacán.- Dieciocho años después, la Plaza Ocampo vuelve a ser un lugar de memoria donde, entre la ceremonia y los recuerdos del 15 de septiembre, familias como la de Liliana Díaz Fernández regresan para cargar con las consecuencias de lo ocurrido y recordar a Leticia Tapia Guerrero en una noche que cambió sus vidas para siempre.

Liliana no estuvo aquella noche en la plaza, sino que se enteró de lo ocurrido a través de la televisión, cuando entre las imágenes de la tragedia reconoció a uno de sus sobrinos, el menor, tendido y herido. A partir de entonces comenzó, junto con otros integrantes de la familia, una búsqueda desesperada para saber dónde estaban Leticia, su hermano Salvador Díaz Fernández y sus tres hijos.

Salvador estuvo presente aquella noche junto a su esposa y sus hijos: en medio de la confusión, y mientras Leticia se encontraba gravemente herida, intentó acercarse a ella y abrir espacio entre la multitud para facilitar el paso de las ambulancias y la atención de los heridos.

Aquella experiencia no terminó esa noche, ya que Liliana explica que su hermano todavía carga con secuelas psicológicas derivadas de lo ocurrido, además de haber sufrido la pérdida de su esposa y las lesiones de sus tres hijos.

Durante aquella madrugada, la familia recorrió distintos hospitales hasta localizar al hijo mayor en el Seguro, al segundo en Star Médica y al más pequeño en el Hospital Infantil, aunque de Leticia aún no tenían noticias.

Liliana recuerda a su cuñada, quien era maestra del Colegio Anáhuac, como una mujer alegre, humana y cercana; una catequista servicial y muy querida dentro de su comunidad.

Mientras la familia buscaba respuestas en distintos hospitales, las horas pasaban en la incertidumbre hasta que, cerca de las siete u ocho de la mañana, localizaron en el Semefo el cuerpo sin vida de Leticia, quien tenía alrededor de 43 años.

Aquel momento también dejó marcas en sus tres hijos, que en ese momento eran menores de edad y se encontraban en la primaria (Luis), por entrar a la preparatoria (Víctor Alfonso) o concluyendo esa etapa escolar (Salvador). Los tres resultaron heridos y, con el paso de los años, algunos han tenido que enfrentar las consecuencias físicas de aquellas lesiones.

Liliana explica que sus sobrinos conservan esquirlas en distintas partes del cuerpo, ya que algunas no pudieron ser retiradas en aquel momento debido a su cercanía con nervios importantes. Con los años, algunos fueron intervenidos, aunque todavía permanecen fragmentos que, según les explicaron los médicos, podrían desplazarse y generar complicaciones.

Sin embargo, las secuelas más profundas no fueron únicamente las físicas; la familia también tuvo que atender las heridas que no se ven, enfrentando el dolor, el enojo y el trauma para acompañar a los menores en su crecimiento y evitar que la tragedia determinara el resto de sus vidas.

Pese a crecer con el enojo y el coraje provocados por la tragedia y por la falta de respuestas de las autoridades, los tres menores buscaron, con el apoyo de su familia, que esa experiencia no determinara su destino. Hoy en día son profesionales —un ingeniero industrial, un ingeniero en mecánica automotriz y un licenciado en administración—, lo que para Liliana representa el mejor homenaje al legado de Leticia: el de una madre comprometida con educar a sus hijos como personas de bien.

Dieciocho años después, la memoria permanece en la familia y las fiestas patrias no volvieron a sentirse igual, dejando una sensación de pesar al acercarse las celebraciones. Al hablar de justicia, la voz de Liliana cambia y deja ver que aún persisten el enojo, la rabia y el coraje ante la falta de responsables y de una explicación clara; por eso, cada aniversario se convierte también en un clamor para no dejar el caso en el olvido.

Hoy, en la Plaza Ocampo, Liliana prefiere recordar a Leticia no solo por la forma en que murió a los 43 años, sino por la mujer alegre, humana, maestra y catequista servicial que fue. Sus hijos crecieron, se convirtieron en profesionales y encontraron la fuerza para salir adelante junto a una familia que aprendió a vivir con las heridas de esa noche; dieciocho años después, el recuerdo y la exigencia de memoria permanecen intactos.