*El señor de las moscas. William Golding, 1954
Héctor DIMAS
“El Señor de las Moscas”, de William Golding, no es una novela de aventuras. Usa su esqueleto para dinamitarlo.
Un avión abatido en una guerra que Golding nunca nombra. Una isla desierta. Un cargamento de escolares ingleses, pulcros, con uniforme de coro, abandonados sin adultos. La fantasía imperial británica – el niño que construye un imperio con palos – convertida en autopsia.
Golding organiza el material con crueldad quirúrgica. Ralph, el rubio atlético, cree en el procedimiento: asambleas, turnos de palabra con un caracol como cetro parlamentario, una hoguera para ser rescatados. Es el liberal bienintencionado que confunde popularidad con autoridad. A su sombra, Piggy, miope, asmático, obeso, el único que piensa en términos de sistema, es humillado sistemáticamente porque la razón sin violencia no impone respeto.
Enfrente, Jack Merridew. No es un antagonista de manual. Es la tesis del libro encarnada. Empieza como maestro de coro y termina pintado como un salvaje, no por locura, sino por lucidez. Comprende antes que nadie que en ausencia de castigo, el orden no se sostiene por consenso, se sostiene por miedo y por carne. Su tránsito de cazador frustrado a caudillo es impecable y nauseabundo: del rigor del uniforme al deleite por el chillido del animal acorralado, de la disciplina del canto a la liturgia de la caza.
Golding no es sutil y no pretende serlo. Escribe en 1954, con el humo de la guerra todavía en la ropa, y no le interesa la inocencia infantil rousseauniana. Le interesa demostrar cómo se fabrica un fascismo con doce años. La isla deja de ser paisaje y se vuelve organismo en descomposición: calor pegajoso, matorrales que rasgan, moscas que se apelotonan sobre una cabeza de cerdo empalada que se pudre al sol. El famoso “Señor de las Moscas” no es una metáfora elegante, es carroña literal.
La novela es deliberadamente anti-romántica en su forma. Prosa seca, diálogos cortados, imágenes que se repiten hasta volverse rituales: las gafas de Piggy como único medio para hacer fuego y, por tanto, único capital tecnológico; la hoguera que pasa de señal de rescate a arma incendiaria; el caracol que empieza como símbolo democrático y acaba pisoteado. Cada símbolo es profanado. Golding no deja que nada permanezca limpio.
Lo más sórdido no es la violencia final, que el libro no elude, sino su erotización del poder. Los chicos no matan por supervivencia. Matan porque por primera vez pueden. Descubren que torturar entretiene más que construir refugios. Que perseguir a otro niño hasta hacerlo llorar cohesiona más que cualquier discurso de Ralph sobre ser rescatados.
Leído hoy, es menos una fábula sobre el mal abstracto y más un manual sobre cómo colapsa cualquier comunidad cuando confunde liderazgo con espectáculo. Ralph no pierde contra un monstruo. Pierde contra alguien que ofrece algo mejor que el futuro: sangre ahora.
No es un libro reconfortante. No quiere serlo. Es una novela desagradable, necesaria y perfectamente construida para demostrar que la civilización es una capa de pintura muy fina sobre una boca llena de moscas.



