Empezó a los 14 años cobrando dos pesos con 50 centavos y hoy, rozando los 80, Don Toño sigue al frente de su local en el Centro Histórico de Morelia. Entre sillones de 1970, historias y danzones, el tradicional oficio del peluquero se niega a morir.

Morelia, Michoacán.- Hay días que la jornada se alarga de corrido. Abre desde las 9:00 de la mañana y el trabajo en la silla se extiende pasadas las 8:00 de la noche. Antonio Morales Aguilar, dueño de la Peluquería Toño en la zona centro de Morelia, dedicado al corte de cabello y arreglo de barba, dice que gran parte de su permanencia se debe a que actualmente ya no quedan casi locales tradicionales en la ciudad.

Son casi las 15 horas. El hombre a punto de cumplir 80 años de edad, de bata amarilla impecable y cabello bien recortado y canoso, sostiene con mano firme la navaja para detallar las patillas sobre el cuello de un cliente. A sus espaldas, un mueble de madera sostiene tijeras, máquinas, y demás herramientas de un peluquero. En la pared cuelga un cuadro en blanco y negro de él cuando tenía 27 años, recortando el pelo a un niño, rodeado de espejos amplios y casetes viejos donde suena un danzón de Carlos Campos.

Con voz pausada detalla, que comenzó en el oficio a los 14 años, por allá de 1957. Trabajó primero cerca del antiguo cine Morelia, hoy Cinépolis Centro, y en marzo de 1969 abrió su propio local en la bajada de Corregidora, para luego establecerse en 1973 en su ubicación actual, Vicente Riva Palacio, 125 A, Colonia Centro.

Recuerda que en sus inicios cobraba 2 pesos con 50 centavos por servicio, mientras que hoy la tarifa oficial señala 120 pesos por el corte, para dama y caballero.

«A mí me enseñó un maestro que en aquellos años le cortaba el pelo al gobernador David Franco Rodríguez. Él me decía: ‘Mire niño, para que le salga un corte bien hecho hay que detallarlo, hay que pulirlo’. Y se me grabó mucho eso, por eso a mí me tienen por muy detallista».

El local conserva 3 sillones rojos de barbería comprados en 1970 que, tras más de medio siglo de uso, siguen funcionando sin falla. Don Toño los limpia cuidadosamente cada que se levanta un cliente. Comenta que antes la ciudad estaba llena de este tipo de espacios, pero con la llegada de las estéticas y las barberías modernas la mayoría fueron desapareciendo con la muerte de sus compañeros.

Atender a cinco generaciones

Pero quedan vestigios. En medio de las tendencias actuales, vecinos de la zona centro y familias completas son los clientes que acuden al local a solicitar cortes clásicos o arreglos tradicionales. Don Toño platica que ha llegado a atender hasta a cinco generaciones de una sola familia, desde el tatarabuelo hasta los nietos.

“Hay gente que se acostumbró a uno desde niños. En las barberías de ahora traen nombres muy sofisticados como fade o “difluminado”, igual todos los sabemos hacer, pero la peluquería tradicional es esta. Por muy raro que sea el corte, uno aprendió a actualizarse cuando entró la estética unisex, y no se nos escapa ninguno”.

Ese arraigo de décadas se refleja en la silla de junto. Alejandro García, un cliente de 45 años de edad a quien Martita, hija de Don Toño, le retoca el corte, recuerda que pisó este local por primera vez a los cinco años de edad. Dice que no ha encontrado en ningún otro lado la misma destreza ni el toque tradicional del lugar, donde la el día transcurre entre danzones, relatos de viajes y recuerdos compartidos.

Para él, Don Toño no es solo el peluquero del rumbo, sino una figura clave de la comunidad que vio pasar a su abuelo, a su padre y ahora a él, además de los vecinos de la colonia centro que lo conocen, “todo un personaje de la zona”, dice.

​«Llevo 40 años viniendo aquí. Toño ha visto crecer a prácticamente todo el barrio de la zona centro; ha sido un gran amigo y un compañero para todos nosotros. Es una experiencia venir a su local. Le corto el cabello a mi abuelo, a mi padre, y ahora a mí», platica Alejandro, mientras el sonido de las tijeras se mezcla con la música de fondo que forma parte de la atmósfera diaria del negocio.

Morales Aguilar comenta que en sus años de juventud también le tocó atender a domicilio a figuras de la política local, como diputados o presidentes municipales. Recuerda la anécdota de un funcionario apodado “El Yoyo”, quien lo recibió con sus guardaespaldas y una pistola sobre la mesa advirtiéndole que no lo fuera a cortar, experiencia que enfrentó con calma a pesar de sus 18 años.

La disciplina de estar de pie

En el fondo del negocio, detrás de un arbolito de navidad, guarda un banquito antiguo para niños y un sillón de colección aún más viejo que retiró de la entrada para evitar que los pequeños estropearan el mecanismo hidráulico.

Parado a un costado del sillón principal, relata que el rendimiento físico para aguantar más de diez horas parado diariamente se lo debe a los años en que practicaba ciclismo, cuando recorría rutas en bicicleta hasta Pátzcuaro o Mil Cumbres. Afirma que el ejercicio de aquellos tiempos le dio la resistencia para seguir activo a su edad.

“Mientras no me falle la vista ni la temblorina en las manos, aquí seguimos. Esperemos que todavía nos dure un rato mientras el cuerpo responda, pero a mi, me encanta mi trabajo, aunque se, que ese momento me va a llegar”.

El costo de un corte no es elevado, agrega, y aunque reconoce que el oficio implica un desgaste en las piernas por la postura, asegura que mantenerse trabajando diariamente es lo que lo conserva con vida y con la mente clara.

Entre los espejos amplios, el letrero rotulado con las tarifas que van desde el corte tradicional hasta el “rasurado a coco” convive con el clásico póster tricolor de barbero y un cuadro en la pared que atestigua su viaje a Cuba para donar sus tijeras al monumento mundial del peluquero.

Antes de despedirse, Don Toño repasa con la mirada su Mueble de madera, donde reposan el gotero, el talquero y el viejo chambelán de cobre que usaba para humedecer el cabello. Sacude la bata, sopla el talco de la brocha y hace sonar las tijeras al aire, listo para recibir al siguiente cliente y seguirle dando forma al oficio que ha sido su vida entera.

Por Asaid Castro/ACG