Morelia, Michoacán.- Lo que comenzó con una plantilla, una lata de pintura y una manta, terminó convirtiéndose en una conversación sobre comunidad, violencia, arte y libertad de expresión.
Tania Ivón Arcos Orozco y Ana Paulina Calderón Robles compartieron un taller de stencil, pero detrás de la actividad existe una historia más amplia. Ambas forman parte de Convite Cultural, un programa de la Secretaría de Cultura federal que desde hace varios años trabaja en comunidades vulnerables y polígonos de violencia a través de actividades artísticas y culturales.
Su labor consiste en abrir espacios donde personas de todas las edades puedan reunirse para dialogar sobre las problemáticas que viven en sus entornos. Niñas, niños, jóvenes, personas adultas y adultas mayores participan en estas actividades, donde la danza, la pintura, la música o el teatro se convierten en herramientas para fortalecer la convivencia, el uso positivo del tiempo libre, los derechos culturales y la cohesión social.

En esta ocasión eligieron el stencil, una de las ramas del arte urbano. La técnica consiste en cortar una imagen sobre cartón o algún material resistente para después reproducirla con pintura o aerosol. Más allá del ejercicio creativo, el taller permitió acercar a las y los participantes a una disciplina que históricamente ha sido utilizada para transmitir mensajes, denunciar problemáticas y apropiarse de los espacios comunes. Su historia está ligada a la protesta y a la expresión social.
Recordaron que esta técnica alcanzó notoriedad durante la década de los ochenta y que Banksy la utilizó para cuestionar a las autoridades y visibilizar inconformidades. Desde entonces, el stencil se ha mantenido como una herramienta accesible para expresar ideas, pensamientos y preocupaciones.
Su sencillez es parte de su fuerza. No requiere maquinaria especializada ni materiales costosos. Una caja de cereal, un cúter y algo de pintura bastan para crear una imagen. Puede plasmarse en muros, textiles, mantas, bolsas, papel o incluso convertirse en stickers.
Para quienes trabajan con comunidades de distintas edades, el reto no está en enseñar la técnica, sino en transformar la percepción que existe sobre el arte urbano.
Para quienes trabajan con comunidades de distintas edades, el reto no está en enseñar la técnica, sino en transformar la percepción que existe sobre el arte urbano.
Durante años, explicaron, el graffiti y otras expresiones callejeras han sido asociados con vandalismo, delincuencia o consumo de drogas. Esa visión ha provocado que muchas personas no tengan acercamiento a estas formas de creación artística.
Su trabajo busca ir más allá de enseñar a pintar. La intención es generar preguntas: qué se quiere decir, qué preocupa a una comunidad y cómo puede utilizarse el arte para comunicarlo. El objetivo no es “rayar por rayar”, sino encontrar una voz propia a través de las imágenes.




En Morelia, comentan, el contexto patrimonial de la ciudad ha provocado que el arte urbano tenga más restricciones que en otros lugares. Aun así, observan una comunidad artística que continúa creciendo y encontrando espacios para expresarse, muchas veces abordando temas relacionados con la violencia y la inseguridad. También destacan una transformación importante: la presencia cada vez mayor de mujeres dentro del arte urbano. Un ámbito que durante mucho tiempo estuvo dominado por hombres comienza a


