Morelia, Michoacán.- A las tres de la mañana, en un laboratorio de Colombia, David Karim Hernández Villaseñor entendió que la medicina ya no era sólo una carrera. Sonaron las alarmas del edificio, un vigilante no sabía que todavía había estudiantes trabajando y, en medio del susto, un vial cayó al suelo. Por unos segundos, Karim pensó que había perdido material de altísimo valor.

“Ya no estás jugando, ya no estás siendo estudiante; ya tienes en tus manos cantidades, tienes vidas, tienes cantidades enormes de dinero”, recuerda.

Ese momento, entre el miedo, el cansancio y la responsabilidad, resume parte de lo que vivieron él y María Soberano Cervantes, estudiantes de octavo semestre de Medicina de la Universidad Vasco de Quiroga (UVAQ), durante sus estancias de investigación en Colombia, a través del Programa Delfín.

No fueron a tomarse una fotografía en otro país. Fueron a probarse lejos de casa, a entrar a laboratorios, a equivocarse, a preguntar, a esperar resultados y a descubrir que la formación médica también ocurre cuando un estudiante sale de su rutina y se enfrenta a lo desconocido.

María, originaria de Lázaro Cárdenas, tiene 28 años. Antes de estudiar Medicina cursó Enfermería, y fue ahí, en el campo clínico, donde empezó a mirar con curiosidad el trabajo de los médicos. Le gustaba el área de la salud, pero sentía que necesitaba ir más allá.

“Yo quería aprender más, yo quería saber el porqué de esto, y el porqué, el porqué, el porqué fue lo que me llevó a entrar aquí”, cuenta.

En la UVAQ, dice, Medicina se volvió un reto pesado, pero también una vocación. Le interesa la dermatología y no descarta otras áreas como otorrinolaringología; sin embargo, el viaje a Colombia le abrió una puerta distinta: la investigación como parte de su propia formación.

Su estancia fue de junio a agosto de 2024, en la Universidad Alexander von Humboldt, con sede en Armenia, Quindío. Ahí se integró a un proyecto relacionado con dengue y con la búsqueda de una nueva técnica para detectar el virus.

Antes de viajar, la UVAQ la envió a cursos para reforzar bases de biología molecular. Para María, eso fue clave: no llegó sólo a observar, sino a entender mejor una parte del conocimiento que complementa su formación como futura médica.

En Colombia tuvo contacto con procesos como PCR, ELISA, Western blot y Dot blot, además del estudio de aptámeros, moléculas utilizadas para reconocer blancos específicos. Pero lo que más le quedó no fue la lista de técnicas, sino la posibilidad de entender qué hay detrás de un resultado de laboratorio.

“A mí no me llama la atención nada más saber el test; me gusta saber cómo se hace”, dice.

En ese laboratorio también aprendió otra cosa: la paciencia. Había procedimientos largos, tiempos de espera y resultados que no siempre salían bien. La investigación, entendió, no es inmediata ni perfecta; exige repetir, corregir y cuidar cada paso.

“Esperar horas y que te saliera mal. Y otra vez. Es una paciencia que yo no sabía que tenía”, relata.

María ya había salido del país como viajera, pero no como estudiante en una estancia académica. Esta vez iba nerviosa. No sabía cómo sería la ciudad, cómo se movería, cómo la recibirían ni qué tan difícil sería adaptarse. Con el tiempo aprendió a usar transporte, ubicarse, convivir con otra cultura y resolver lo cotidiano lejos de sus comodidades.

“Me salí de mi zona de confort”, resume. “No nada más es el viaje, no nada más es lo bonito, sino te vas a ir a incomodar. ¿Estás dispuesta a irte a incomodar? Y pues está bien, ya después todo se arregla”.

La historia de Karim tiene otro tono. Tiene 23 años, es originario de Uruapan, su papá es médico y su mamá enfermera. Nadie lo obligó a estudiar Medicina; al contrario, sus padres sabían lo sacrificada que podía ser la carrera. Pero a él le atrajo precisamente que no fuera una vida rutinaria.

“Cada cuerpo es un mundo distinto; las enfermedades pueden ser similares, pero nunca van a ser iguales”, afirma.

Karim todavía no decide en qué área se especializará. Le llaman la atención traumatología, medicina interna, pediatría, la parte quirúrgica, la consulta y la investigación. Prefiere llegar al internado con la mente abierta, aprender de todo y descubrir en el camino dónde se siente mejor.

La oportunidad de salir al extranjero llegó, dice, en el momento justo. Desde niño quería estudiar fuera del país, pero sabía que era difícil y costoso. Cuando en la UVAQ le hablaron del Programa Delfín, empezó a buscar cómo lograrlo, reunir documentos y moverse para hacer posible la estancia.

Viajó a Colombia en 2024 y volvió en 2025. También llegó a Armenia, Quindío, y trabajó en la Universidad Alexander von Humboldt, pero en un área distinta a la de María. Su proyecto se relacionó con péptidos antimicrobianos derivados de la rana Cruziohyla calcarifer y sus posibles aplicaciones en procesos de cicatrización.

Parte de su trabajo consistía en observar cultivos de células HaCaT, utilizadas como modelo de queratinocitos, células presentes en la piel. Tenía que registrar fotografías en diferentes horarios y volver al laboratorio incluso de madrugada para dar seguimiento a los avances. También se acercó a una línea de investigación relacionada con células leucémicas.

“Yo me enamoré de la investigación”, dice. “El hecho de llevar procesos muy metódicos y de pronto estar investigando a ver si sale un pollo y de pronto te sale una rana, y dices: ‘ah, caray, ¿por qué en ese proceso te salió algo que no tenías pensado?’”.

Pero Colombia no sólo les enseñó ciencia. También les enseñó a moverse en el mundo. A María le dio seguridad para enfrentar otros espacios. A Karim le quitó el miedo a preguntar, a acercarse a desconocidos, a pedir orientación, a abrir conversaciones y encontrar oportunidades donde otros sólo ven riesgo.

“Empiezas a perder ese miedo y te ayuda a encontrar rutas mejores que otras personas no se atreven a preguntar”, señala.

En sus testimonios, la movilidad académica aparece como algo más profundo que un intercambio. Para ambos, salir desde la UVAQ hacia otro país significó poner a prueba lo aprendido, completar su formación con investigación y descubrir que la medicina también exige carácter: saber adaptarse, preguntar, fallar, volver a intentar y hacerse responsable de cada decisión.

María regresó con más seguridad y con la certeza de que la investigación le gusta. Karim volvió con más hambre de mundo y con la idea de que su futuro profesional puede construirse dentro o fuera de México. Los dos siguen siendo estudiantes, pero ya no se miran igual.

“Poder ayudar con lo que estoy aprendiendo aquí”, dice María, al explicar lo que le da sentido a su carrera.

Karim lo dice de otra manera, con la claridad de alguien que descubrió que muchas oportunidades empiezan cuando uno se atreve a moverse.

“No le tengan miedo a querer conocer algo, no le tengan miedo a vivir”.

Al final, eso fue Colombia para ellos: un laboratorio, una ciudad desconocida, una prueba de paciencia y una forma de comprobar que los límites muchas veces se rompen lejos del lugar donde uno se siente seguro. Para estos dos estudiantes de Medicina de la UVAQ, aprender también fue cruzar una frontera y descubrir que el miedo puede acompañar el camino, pero no tiene por qué decidirlo.