por Félix Madrigal

Hay días en los que una madre aprende a medir el tiempo de otra manera. Ya no son las horas para llegar a casa, preparar la comida o llevar a los hijos a la escuela; son las horas entre una consulta, un estudio, una transfusión y la espera de que los resultados sean favorables.

Para Montserrat Rosas Mendoza, así comenzaron a transcurrir los días cuando su hija Natalia Montserrat Sandoval Rosas, entonces de 11 años, enfermó. Lo que parecía una gripa pronto estuvo acompañado de fiebre, cansancio, sudoración nocturna, moretones y sangrado de encías.

Desde su comunidad, Parocho, perteneciente al municipio de Tacámbaro, Montserrat comenzó a buscar respuestas. Primero acudió al Centro de Salud; después buscó atención particular. Los diagnósticos iniciales apuntaban hacia otras enfermedades, pero algo en ella le decía que tenía que seguir buscando.

Los estudios finalmente señalaron una posible leucemia aguda y recomendaron la valoración de un oncólogo pediátrico. Entonces llegó al Hospital Infantil de Morelia con Natalia. Lo que para ella parecía inicialmente una revisión terminó en una hospitalización que se prolongó durante casi tres meses.

Ahí comenzó otra parte de la historia. Montserrat tuvo que aprender sobre una enfermedad que, aunque había conocido de cerca en otros familiares, nunca había imaginado enfrentar como madre. También tuvo que aprender a acompañar a su hija mientras veía cómo el tratamiento cambiaba su cuerpo.

Natalia perdió peso rápidamente. Pasó de 37 a 24 kilos en pocos días, perdió el cabello y durante los primeros meses dejó de caminar, por lo que utilizó una silla de ruedas. También enfrentó bajas en las plaquetas y otras complicaciones que hicieron necesarias varias transfusiones.

Pero mientras Natalia enfrentaba las quimioterapias y los procedimientos médicos, Montserrat libraba su propia batalla en silencio.

Cuenta que al principio tuvo miedo. La palabra cáncer, dice, la hacía pensar inmediatamente en la muerte. Mientras su hija dormía, ella lloraba y algunas noches no podía conciliar el sueño. Había momentos en los que hasta la comida había perdido su sabor.

Aun así, frente a Natalia trataba de mantenerse firme.

Uno de los recuerdos que conserva con mayor claridad ocurrió cuando comenzó a caérsele el cabello a su hija. Natalia no quiso esperar a que se desprendiera poco a poco y decidió cortárselo. Después pidió a las enfermeras que la raparan.

Montserrat grabó aquel momento. Admiró la valentía de su hija, pero cuando terminó, lloró.

“Si yo estuviera en el lugar de mi hija, tal vez yo ya me hubiera rendido”, recuerda. Pero Natalia no lo hizo. Y esa fortaleza también se convirtió en una forma de fuerza para su madre.

La enfermedad tampoco se quedó dentro del hospital. En casa estaban los otros integrantes de la familia. Montserrat habla de lo difícil que resulta estar con una hija enferma mientras los demás hijos permanecen lejos, y de cómo una enfermedad así puede cambiar incluso la dinámica familiar.

Su hijo, dice, espera que Natalia termine su tratamiento para que puedan volver a ser “esa familia que éramos”.

Hoy Natalia lleva 89 de las 104 semanas contempladas en su tratamiento. El camino todavía no termina, pero la familia comienza a ver más cerca ese momento. Después vendrá una etapa de vigilancia médica que puede durar varios años.

Para Montserrat, todo lo vivido también cambió su manera de mirar los síntomas de un niño. En su comunidad, Parocho, perteneciente al municipio de Tacámbaro, asegura que casi no se habla sobre el cáncer infantil. La información que llega a la población se concentra principalmente en enfermedades como el dengue, el paludismo y la diabetes, por lo que son pocas las personas que conocen las señales que pueden acompañar a este padecimiento.

Por eso ahora insiste en algo que ella misma aprendió durante el proceso: no dejar pasar los pequeños signos de alarma. Fiebre, cansancio, moretones, sudoración excesiva o sangrados pueden confundirse con otras enfermedades.

Ella decidió moverse cuando vio que algo no estaba bien con su hija. Buscó distintas opiniones, pidió estudios y siguió hasta llegar al Hospital Infantil.

Ahora, mientras Natalia cuenta las semanas que faltan para concluir su tratamiento, Montserrat también cuenta los días de otra manera. Ya no desde aquel miedo inicial, sino desde la esperanza de que su hija termine esta etapa y que, después de tantos meses entre hospitales y consultas, la familia pueda volver a encontrarse en casa con una vida más cercana a la que tenían antes.

Fotos: Félix Madrigal/ACG.