Lo primero que recuerdo de una Copa del Mundo es el partido entre México y Bulgaria, en Estados Unidos 94. Un encuentro de Octavos de Final disputado el 5 de julio en el Giants Stadium de Nueva Jersey. El marcador: 1-1. Luego del tiempo reglamentario y tiempos extras, Bulgaria avanzó a Cuartos al ganar la tanda de penales por 3-1. En mi memoria todo es muy nítido: Jorge Campos, de amarillo, verde y rosa, defendiendo el arco de los aztecas como todo un cuauhpilli, como un ocelopilli. Hristo Stoichkov, por parte de los búlgaros, estaba exhausto, doblado sobre sus rodillas con la camiseta blanca transparente de sudor. Miguel Mejía Barón, el D.T. de México, viendo al campo mientras el partido se le escapaba de las manos, inmóvil. Después de la derrota, Alberto García Aspe dando una entrevista, llorando, todavía con el uniforme nacional, en chanclas. Ahí entendí por primera vez lo que pesaba perder con México.
Cuatro años después nos tocó el Mundial de la primaria. Francia 98. El de la Cuauhtemiña contra Corea del Sur y su golazo en el Estadio Parc Lescure, en Burdeos, contra los belgas. Un gol de zurda, de volea, volando por los aires. Y el agónico empate del “Matador” contra Holanda, íbamos 0-2 y lo empatamos 2-2 con el gol de Peláez al 75 y el de Luis al 90+4. Salimos corriendo del aula que era destinada para la supuesta biblioteca al patio, con llovizna, con las caras pintadas de tricolor, gritando como si hubiéramos ganado la Copa. Luego vino la derrota contra los teutones, ganábamos 1-0 con gol del “Matador” y nos dieron la vuelta Klinsmann y Bierhoff. Se jugó como nunca, se perdió como siempre.
La justa que siguió fue la de la madrugada. Corea y Japón 2002. Por la diferencia de horario los juegos eran a las dos, a las cuatro de la mañana, con la tele en volumen bajito. Me acuerdo del gol de penal de Blanco contra Croacia, en el Estadio del Gran Cisne, en Niigata, en el país nipón, con esa tranquilidad de siempre. Y del golazo de, sacado de “El Exorcista”, ese cabezazo girando el cuello de forma imposible para empatarle a Buffon a Italia, un partido que fue más cerca del amanecer. Perdimos contra los Estados Unidos, en Jeonju, 2-0. Una derrota que dolió mucho. Javier Aguirre comenzaba a escribir su historia, a veces dulce, a veces nefasta, en la Selección.
Después vino el del dragón. Alemania 2006. El Mundial de Ricardo Antonio La Volpe y su corbata negra con el dragón rojo bordado cruzándole el pecho. Nadie más se atrevería a usarla. Solo él. Empezamos ganándole a Irán en Núremberg, empatamos a cero contra Angola y perdimos contra Portugal. Y en Octavos, en Leipzig, nos tocó Argentina. Nos pusimos arriba con gol de Rafa Márquez al minuto 6, nos empató Crespo y en el 98, ya en tiempos extra, Sorín mandó un centro largo y Maxi Rodríguez la paró con el pecho y sin dejarla caer la clavó de zurda en el ángulo de Oswaldo Sánchez. Un golazo irrepetible que nos eliminó. La Volpe se quedó ahí parado, con su dragón, mirando al césped.
Tres Mundiales después nos fuimos hasta el continente africano. Sudáfrica 2010. El primer Mundial en tele plana, en HD. Y fuimos nosotros los que abrimos la Copa, el 11 de junio en el Soccer City de Johannesburgo contra el anfitrión. Todo el estadio era un zumbido insoportable, las vuvuzelas, un ruido de abejas gigantes que no paró durante un mes. Tshabalala nos hizo el gol y Rafa Márquez nos empató al 79. Luego llegó Polokwane, contra Francia, la Francia del caos de Domenech. Les ganamos 2-0, con gol de “Chicharito” frente a Lloris y penal de Cuauhtémoc Blanco, el último gol del último ídolo, el hombre de la Cuauhtemiña cobrando con calma de barrio. Perdimos contra Uruguay y en Octavos otra vez Argentina, gol del “Apache” Tévez en fuera de lugar clarísimo que el árbitro no quiso anular aunque todos lo vimos en la pantalla gigante del estadio. Otra vez para afuera.
El más mexicano de todos fue el siguiente, el de Brasil 2014. Por el horario, todos los partidos a la hora de la comida, Brasil estaba lleno de mexicanos. Empezamos en Natal, un horno, contra Camerún, con dos goles mal anulados a Giovani Dos Santos y con Christian Martinoli gritándole a Héctor Moreno y a Rafa Márquez después de que se chocaran entre ellos: “háblensen; como dicen en mi pueblo, doctor, háblensen”, así, con s. Ese día nos salvó Oribe Peralta. Luego vino el partido que hizo leyenda a Guillermo Ochoa, el 17 de junio en Fortaleza contra Brasil, contra Neymar, cuatro atajadas monumentales, una a cabeza a quemarropa que sacó con la mano derecha. Cero a cero que festejamos como triunfo. Cerramos con goleada a Croacia, 3-1 en Recife, con goles de Rafa, Guardado y “Chicharito”. Y en Octavos, el 29 de junio en Fortaleza contra Holanda, gol de Giovani al 48, estábamos a dos minutos del quinto partido, hasta que Sneijder empató al 88 y en el 90+3 Robben se dejó caer frente a Moreno y pitaron el penal. El No Era Penal. Y para afuera.
Cuatro años más tarde llegó el del Día del Padre. Rusia 2018. Domingo 17 de junio, nadie iba a verlo porque era contra Alemania, el campeón del mundo. Minuto 35 en Luzhniki, contra de México, Javier Hernández abre para “Chucky” Lozano por izquierda, recorta a Boateng y define cruzado. Gol de Lozano a Alemania. Le ganamos 1-0 a Alemania. Todos gritando. Todo el país gritando. Luego le ganamos 2-1 a Corea, perdimos 0-3 contra Suecia y pasamos porque Corea le ganó a Alemania. Festejamos la derrota ajena. Y en Octavos, en Samara, Brasil nos ganó 2-0. Séptimo Mundial consecutivo perdiendo en Octavos.
Luego vino el raro, el que no fue en verano. Qatar, hasta noviembre por el calor del desierto. Nos tocó verlo con suéter, y todavía “pan de muerto”, pero con chela helada. Era el equipo del “Tata” Martino, sin gol. Memo Ochoa atajándole un penal a Lewandowski contra Polonia para el 0-0, luego sin tirar a portería contra Argentina, 2-0 con goles de Messi y Enzo, y el último contra Arabia, necesitábamos tres goles, metimos dos, de Henry Martín y un golazo de tiro libre de Luis Chávez, estábamos a un gol y en el 90+5 Arabia nos hizo el 2-1. Por primera vez desde 1978, México no calificó a Octavos.
Treinta y dos años después, volvió a donde empezó todo. Partido inaugural el 11 de junio en el Azteca. Otra vez México contra Sudáfrica, como en 2010. México se convirtió en el país con más partidos inaugurales en la historia y el Azteca en el estadio con más partidos mundialistas en la historia.
Le ganamos a Sudáfrica 1-0, pero sin convencer. Equipo nervioso. El segundo, contra Corea del Sur en Guadalajara, 1-0, generó dudas. El tercero, contra Chequia en el Azteca, por fin convenció y goleó, 3-0.
Con el nuevo formato de 48 equipos, pasamos a Dieciseisavos. Nos tocó Ecuador en la Ciudad de México. Un partidazo. Dijeron los sudamericanos que nos iban a sacar. Les ganamos 2-0, con el Azteca temblando.
Y luego llegó Inglaterra. Octavos de Final. Nos ganaron 3-2. Sin polémica, sin No Era Penal, sin golazo de último minuto. Nos ganaron bien, con un inglés menos.
Nos fuimos otra vez antes del sexto partido, el famoso quinto del antiguo formato. En nuestra casa. Con el Azteca lleno. Y por primera vez no sentí coraje. Sólo sentí que se cerró el círculo. Que empecé viendo a México perder en penales contra Bulgaria en Nueva Jersey y terminé viéndolo perder contra Inglaterra en Ciudad de México, habiendo sido anfitrión.
La misma historia, contada por un niño con la cara pintada bajo la llovizna, o por un adulto en chanclas con una cerveza en la mano. La historia es la misma.
Memoria de Mundial



