Mientras la ciudad duerme y las patrullas rondan el Centro Histórico, Flama recorre las calles de Morelia dejando pequeñas llamas tristes sobre cortinas oxidadas y bardas abandonadas. Para ella, el grafiti no es vandalismo, sino una forma de recuperar espacios, apropiarse del paisaje urbano y decir, entre aerosoles y madrugada: “aquí estoy”.

Por Asaid Castro/ACG

Son casi las 11 de la noche y la ciudad baja el ritmo. Sobre la zona de Cuautla y el Monumento a Lázaro Cárdenas, los carros todavía atraviesan las calles del Centro de Morelia mientras las cortinas metálicas de los distintos negocios ya lucen cerradas desde algunas horas atras. Flama camina rápido. Lleva ropa obscura, una bolsa con algunas latas de pintura y la mirada atenta a cualquier movimiento extraño. Junto a ella, Sumo la acompaña y vigila constantemente hacia las esquinas, hacia los cruces, hacia cualquier patrulla que pudiera doblar de improviso. Pintar en la calle también implica eso: estar alerta, correr el riesgo de que la policía llegue en cualquier momento o de encontrarse con alguien dispuesto a confrontarlos.

Frente a una cortina opaca, Flama saca una lata de aerosol y la agita un par de veces hasta que el sonido metálico rompe el silencio de la cuadra. Entonces aparece Sadi: una pequeña flama triste, de ojos simples y expresión triste, y un amarillo intenso, el personaje que desde hace tiempo comenzó a multiplicarse en distintos puntos de Morelia. Mientras traza las líneas rápidas sobre el metal, un vocho azul pasa lentamente junto a la banqueta. Desde la ventana, un hombre les grita “Mejor rayense la cola”, antes de acelerar calle abajo. Ella apenas levanta la mirada. Sigue pintando como si estuviera acostumbrada a que la ciudad también responda así.

«Desde que existe este movimiento siempre ha sido algo muy señalado porque es una manifestación de algo que está fuera del sistema. El graffiti nunca ha buscado pertenecer del todo ni ser cómodo para quienes están arriba. Por eso incomoda, por eso nunca ha sido amigo de la policía o de los gobiernos. Pero también es una forma de decir: aquí estamos, aunque no quieran vernos», explica mientras guarda la lata y observa la pinta recién terminada.

Para Flama, el grafiti no se reduce solamente a rayar paredes. Habla de apropiarse del paisaje urbano, de intervenir lugares olvidados y de colocar imágenes distintas en medio de una ciudad saturada de propaganda política, anuncios espectaculares y espacios deteriorados.

Dice que le parece extraño que muchas personas toleren bardas llenas de publicidad electoral o anuncios pegados sobre casas ajenas, pero reaccionen distinto cuando aparece un dibujo hecho por alguien que no pertenece a ninguna campaña ni vende nada.

La flama triste nació mucho antes de las calles. «Empezó siendo algo completamente emocional. Yo me sentía así y necesitaba sacarlo de alguna manera. Primero lo hice en papel, luego empecé a querer ponerlo en otros formatos y terminé encontrando la calle. Creo que también eso tiene mucho el graffiti: la necesidad de dejar un testimonio de cómo te sientes y de decir “yo estuve aquí”», cuenta.

Aunque mucha gente la identifica como grafitera, ella misma todavía duda en definirse de esa manera. Explica que dentro del movimiento existen códigos, reglas y diferencias entre quienes hacen letras, bombas o street art. Por eso prefiere hablar de “dibujos a gran escala” o de intervenir espacios desde el dibujo y la ilustración, aunque reconoce que comparte muchas dinámicas con el graffiti tradicional.

«Tengo colegas que sí son writers y que se dedican cien por ciento al graffiti. Yo respeto mucho esa parte porque hay reglas y formas específicas de hacerlo. Lo mío comparte la ilegalidad, comparte la técnica y comparte el espacio urbano, pero yo lo sigo viendo más como dibujo llevado a otro formato», dice mientras camina hacia otra pared desgastada.

Entre bardas olvidadas y la policía

Las calles alrededor de Cuautla acumulan capas de humedad, anuncios viejos, paredes descarapeladas y cortinas oxidadas. Son precisamente esos lugares los que más le interesan a Flama. Dice que procura evitar casas habitadas o espacios que alguien esté utilizando diariamente y que prefiere intervenir sitios abandonados, bardas deterioradas o estructuras que llevan años sin mantenimiento.

«Muchas veces llegamos a lugares completamente carcomidos por el tiempo y cuando pintas ahí realmente le estás dando otra vida a la superficie. Nos da risa que algunas personas se molestan porque “rayamos”, pero antes de intervenirlo el lugar estaba muchísimo peor, oxidado o destruido. Al menos ahora alguien vuelve a mirar ese espacio», explica.

Para ella, la calle funciona como un enorme tablero compartido donde las imágenes aparecen, desaparecen, se enciman y vuelven a transformarse. Habla constantemente del grafiti como un “juego”, uno donde todos entienden ciertas reglas aunque nadie las haya escrito formalmente. Pintar encima de otro, cubrir una pieza o intervenir algo ya existente forma parte de esa dinámica urbana.
Ese mismo juego también incluye correr de la policía.

Flama recuerda una ocasión en la que fue detenida mientras intervenía una barda abandonada. Los oficiales le preguntaron si tenía permiso y ella respondió que no, cuestionando también a quién debía pedírselo cuando se trataba de un muro prácticamente olvidado y deteriorado desde hacía años. La respuesta terminó en una falta administrativa y una multa.

«Sí me ha tocado que nos lleven. Al final sigue siendo considerado una falta administrativa y pues así funciona. Es como el “persígueme y yo corro”. El graffiti siempre ha tenido eso desde que empezó», explica.

Habla también de cómo el grafiti nació históricamente desde las periferias y de sectores marginados en ciudades como New York. Explica que con el tiempo evolucionó de una expresión ligada al hip hop y a las pandillas hacia una cultura urbana mucho más amplia, donde incluso existen obras callejeras que terminan en galerías o convertidas en referentes visuales de ciertas ciudades.

En Morelia, considera que el movimiento también ha cambiado. Dice que antes existían dinámicas mucho más violentas entre crews o pandillas, especialmente durante las décadas de los noventa y los dos mil, mientras que actualmente percibe más convivencia y colaboración entre artistas urbanos.

«Creo que ahora hay mucho más amor dentro del movimiento y menos intención destructiva. Antes sí había una parte más pesada de pandillas, de golpes y de rivalidades. Eso todavía existe en ciertos casos, pero cada vez veo más gente que sale a pintar simplemente porque disfruta hacerlo y porque quiere apropiarse del espacio desde algo creativo», asegura.

La ciudad como lienzo

Mientras avanzan por calles semivacías, las paredes comienzan a mostrar capas y capas de pintura acumulada durante años. Firmas encima de firmas, personajes cubiertos parcialmente por anuncios y murales intervenidos nuevamente. Para Flama, esa transformación constante es precisamente parte de la naturaleza del grafiti.

Recuerda incluso la discusión que surgió hace tiempo con algunas intervenciones urbanas en Morelia, como las de “Spaguetti” y el discurso de crear espacios específicos para que jóvenes pudieran pintar legalmente. La idea, dice, nunca terminaría de funcionar porque el graffiti no nació para estar encerrado.

«Querer limitarlo a ciertos espacios es querer meter en una caja algo que nunca ha cabido en una caja. Además, tampoco da abasto. No puedes esperar que alguien que vive en la periferia atraviese toda la ciudad solo para ir a pintar en un muro autorizado cuando tiene espacios cerca de donde vive y se mueve todos los días», explica.

A ratos, mientras habla, vuelve a sonar el aerosol. Otra pequeña flama triste aparece sobre una cortina metálica. Esta vez nadie les grita nada. Apenas pasa un taxi lento, indiferente.

Aunque el personaje nació desde la tristeza, Flama decidió conservarlo incluso cuando su vida ya no se encontraba en ese mismo punto emocional. Dice que descubrió que muchas personas se identificaban con esa pequeña cara apagada, en una llama encendida y que, de cierta manera, el personaje dejó de pertenecerle solamente a ella.

«La tristeza nunca desaparece del todo, siempre hay alguien que se siente así. Y me gusta que las personas conecten más con un dibujo sencillo, con algo que sienten cercano, que con un anuncio gigantesco de ropa donde nadie realmente se ve reflejado», dice, asegurando que la calle sigue siendo una de las formas más honestas e inmediatas de expresión pública. Una manera de aparecer en medio de la rutina urbana sin pedir permiso, aunque eso implique incomodar.

Fotos Asaid Castro/ACG