Crónica | Por Asaid Castro/ACG
LázaroCárdenas, Michoacán.- A las seis de la tarde la mañana las lanchas comienzan a regresar a la orilla, una por una. El motor rompe el silencio de la bahía y las pequeñas embarcaciones regresan hacia el Pacífico mientras el sol apenas va saliendo detrás de los cerros. Desde la playa apenas se distinguen sombras flotando sobre el agua, pescadores que pasaron la noche mar adentro hasta el amanecer.

José Gómez observa el movimiento desde su lancha. Tiene casi 60 años y lleva más de cuatro décadas pescando en la costa michoacana. Aprendió viendo a otros hombres del mar, porque su padre nunca fue pescador. Dice que comenzó desde muchacho, cuando apenas tenía unos 14 años y desde entonces prácticamente toda su vida ha transcurrido entre redes, anzuelos y mareas.
Viste sencillo, habla despacio y el sol le marcó la piel y los brazos. Explica que en la bahía existen alrededor de 50 embarcaciones pequeñas y que de cada una dependen entre tres y cuatro familias. El mar, asegura, sigue dando para vivir, aunque cada vez menos.

«Producción todavía hay… no mucha, pero sí alcanza para mantenerse y para comer. Aqui se pesca róbalo, cocinero, huachinango, pargo, cureles, a veces más, a veces menos», cuenta mientras acomoda algunas cuerdas en la lancha.
El problema no es únicamente pescar, sino vender. El precio del pescado cambia constantemente y muchas veces, dice, no alcanza para compensar el desgaste de pasar doce horas en el océano. Casi a 100 pesos el kilo de cualquier pescado.
Las jornadas comienzan al anochecer y terminan alrededor de las seis de la mañana. José trabaja acompañado únicamente de su hijo. Ambos salen cuando baja el calor porque el sol del mediodía vuelve el trabajo más pesado, aunque también reconoce que esas horas suelen ser de las más productivas.
Desde la orilla, las lanchas parecen pequeñas manchas flotando en medio del Pacífico. Algunas salen de noche, otras entran de madrugada y unas más trabajan de día. El movimiento nunca se detiene del todo en la bahía.

El mar como refugio del alma
A unos metros del muelle de Caleta, parado en las rocad y con una caña de pescar en la mano, el fraile franciscano Juan Daniel Hernández contempla el mar.
Llegó hace años a Caleta de Campos como misionero y después regresó ya ordenado sacerdote para atender la parroquia del lugar. Ahora vive en Guanajuato, cerca de Celaya, pero volvió unos días para visitar amigos y reencontrarse con la costa.
Habla del mar como si hablara de un templo. «Es un medio terapéutico… calma mucho el estrés y sana mucho el alma», dice mientras mira hacia el horizonte.
Cuenta que aquí todavía existen playas vírgenes donde por las noches puede verse el cielo completamente oscuro y lleno de estrellas. Dice que caminar de noche junto al mar, escuchar las olas y contemplar el paisaje es una experiencia que ayuda a encontrar tranquilidad.

En Caleta, asegura, aprendió también a convivir con pescadores. Salía a correr por la playa, pescaba con algunos compañeros y visitaba comunidades cercanas. Por eso no descarta regresar algún día.
«Todos los lugares donde he estado me han gustado, pero aquí había muchas actividades que podía realizar para bien del alma y también para bien de las personas», menciona.
Mientras habla, algunas lanchas cruzan detrás de él y otras comienzan a entrar lentamente a la bahía. El sonido del agua golpeando la arena apenas interrumpe la conversación.
El hombre que pesca solo para comer
Más adelante, cerca de las piedras, Armando sostiene una caña mientras observa fijamente el agua. No vive de la pesca. Dice que al principio comenzó a salir solamente para caminar por la playa, pero poco a poco encontró en el mar una manera de relajarse.

Lleva más de 50 años viviendo en Caleta de Campos. Llegó cuando apenas tenía cuatro o cinco años y desde entonces aprendió a leer el océano con los ojos.
No pesca por negocio grande. A veces vende un poco, otras simplemente cocina lo que atrapa. Lo hace más por tranquilidad que por necesidad.
«Se desestresa uno… ya trabaja uno tranquilo», explica.
Comienza a pescar desde las cinco y media de la mañana y suele quedarse unas dos horas. Dice que hay temporadas donde el mar explota de peces y otras donde apenas se mueve algo bajo el agua.

Cuando habla de los peces parece describir señales secretas. Explica que ya aprendió a distinguirlos desde lejos por el color del agua, por los brincos o por el movimiento de las sardinas.
«Cada pescado tiene su forma de ser», dice mientras señala hacia el mar.
A veces alcanza a ver sierras o barriletes brincando a unos 40 metros de distancia. Otras veces identifica al pez gallo porque levanta una especie de cresta sobre el agua cuando viene persiguiendo sardina, que usa de carnada.
Fotos Asaid Castro/ACG



