Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán.- Las escaleras que no son eléctricas ya no sorprenden a nadie. Tampoco los carritos de monedas para niños, los kioscos colocados entre los corredores o los patrones geométricos que se repiten por doquier. Sin embargo, algo llama la atención al cruzar cualquiera de sus accesos: Plaza Fiesta Camelinas parece haberse quedado atrapada en el tiempo.
Los amplios pasillos techados, los patrones geométricos de sus pisos y la distribución de sus locales conservan la imagen de una época en la que los centros comerciales eran más que lugares para comprar, totalmente fuera del minimalismo. Eran espacios para pasear, encontrarse y pasar la tarde. Mientras Morelia crecía hacia nuevas zonas y surgían complejos más modernos, la plaza permaneció casi intacta, como una fotografía de aquellos años en que representaba una de las caras más modernas de la ciudad.

Ubicada sobre la avenida Ventura Puente, a unos pasos del Centro de Convenciones y Exposiciones de Morelia, la plaza fue durante décadas uno de los principales puntos comerciales de la capital michoacana. Sus pasillos albergaron bancos, restaurantes, cafeterías, tiendas de ropa y negocios familiares que la convirtieron en un punto de referencia para generaciones enteras de morelianos.
Incluso hoy mantiene decenas de locales en funcionamiento y continúa siendo una parada habitual para quienes transitan por una de las zonas comerciales más reconocibles de la ciudad.

La estructura permanece en buenas condiciones. Los pisos lucen limpios, los locales interiorres siguen cuidados y los cafes concentran a personas de todas las edades. La plaza envejeció, pero no se derrumbó.
Caminar por sus corredores permite notar el contraste. Hay vitrinas activas, empleados atendiendo clientes y personas que atraviesan los pasillos rumbo a sus compras. Pero cada cierto tramo aparece una cortina cerrada. Luego otra. Después un local vacío donde alguna vez hubo un negocio. En algunos espacios cuelgan anuncios de renta o venta; en otros ni siquiera eso. Permanecen apagados, esperando a quien quiera ocuparlos.
La plaza que recuerda Norma

Desde un kiosco ubicado al interior de la plaza trabaja Norma Angélica Chávez. Lleva apenas cinco meses ahí, pero conoce el lugar desde hace décadas. La recuerda cuando era uno de los espacios más concurridos de Morelia.
«Era un escaparate de gente. Venía muchísima gente aquí, era una plaza muy popular», comenta mientras observa el movimiento de quienes cruzan frente a su negocio.

Durante el tiempo que lleva trabajando en el lugar ha visto algunos cierres. Recuerda un local de botanas y otro negocio en uno de los pasillos laterales que bajaron la cortina sin que hasta ahora alguien los ocupe. No son los únicos. Conforme avanza el recorrido aparecen más espacios vacíos distribuidos entre los distintos corredores de la plaza.
«El que me di cuenta que cerraron también fue uno de allá del otro pasillo, ahí vendían botanas y ya está cerrado, eso a penas fue esta semana», relata.

La percepción coincide con lo que se observa al caminar por el inmueble, son más de una decena de locales cerrados que permanecen en renta, en venta o simplemente sin actividad visible, incluso aquellos abiertos donde los únicos son los locatarios. Algunos parecen llevar poco tiempo vacíos; otros dan la impresión de llevar meses esperando nuevos inquilinos.
Norma asegura que la diferencia con los años de mayor actividad es evidente. Aunque el flujo de personas continúa, ya no tiene la intensidad que recuerda de décadas atrás. Los corredores conservan movimiento, pero también espacios vacíos que rompen con la imagen de prosperidad comercial que alguna vez caracterizó al lugar.
Entre cafés, recuerdos y resistencia

Aun así, la plaza sigue respirando. Los locatarios tienen una explicación para ello. Aseguran que buena parte del movimiento actual se sostiene gracias a dos puntos muy concretos: Bodega Aurrera y las cafeterías instaladas en distintos corredores.
Desde temprano, compradores llegan al supermercado y atraviesan parte de la plaza para realizar sus compras. Lo mismo ocurre con quienes buscan una mesa para desayunar, trabajar o conversar durante algunas horas. Mientras algunos negocios esperan clientes, los cafés continúan concentrando buena parte de la actividad cotidiana.
La dinámica está lejos de la que muchos recuerdan durante los años de mayor auge comercial de la plaza. Sin embargo, tampoco corresponde a un sitio abandonado. Hay negocios que resisten, clientes habituales y trabajadores que mantienen encendidas las luces de sus locales todos los días.

Son cerca de las dos de la tarde. Algunas personas salen cargando bolsas del supermercado. Otras ocupan las mesas de las cafeterías mientras conversan. Más adelante, una cortina permanece cerrada junto a un anuncio de renta. La gente sigue caminando. Las escaleras eléctricas continúan moviéndose de un piso a otro.

«Deberían de poner mas cosas de niños, o para que los papás se vean incentivandos para venir. Hay tiendas si, variadas tambien, pero no espacios atractivos para que sea recreativos» dice Fernanda, una clienta del lugar.
Plaza Fiesta Camelinas ya no vive sus años de mayor esplendor, pero tampoco desaparece. Entre negocios históricos, recuerdos de generaciones enteras y espacios vacíos que esperan nuevos dueños, la vieja plaza sigue encontrando la manera de mantenerse en pie como una cápsula del tiempo.
Fotos Asaid Castro/ACG



