En Morelia hay cineastas, músicos y artistas visuales que buscan mostrar lo que hacen, pero no siempre hay un lugar para hacerlo. Entre foros que no cuentan con el equipo necesario, rentas que pueden resultar inaccesibles y una oferta cultural concentrada en ciertos circuitos, los proyectos independientes terminan encontrando otra salida: organizarse entre ellos y construir sus propios espacios.

Por Asaid Castro/ACG

Morelia, Michoacán.- La tarde comenzaba a caer sobre el Centro Histórico y, detrás de la puerta de Escalón Cultural, una pantalla se preparaba para recibir cortometrajes que habían llegado desde Morelia, Xalapa y hasta Francia. Después vendrían cinco bandas, visuales y mapping. No era una cartelera de cine ni un concierto convencional; era lo que ocurre cuando varios artistas buscan un lugar donde caber y terminan construyendo uno entre ellos.

La idea había comenzado con una conversación entre amigos. Artur Toledo iba a tocar con El Grito Doblando la Esquina y, junto con Dorali Abarca, pensó que podían llevar aquella presentación más allá del escenario. «Un día nada más dijimos: ‘Oye, deberíamos hacer un toquín con cortometrajes y visuales’, y de repente empezamos como a hablar con diferentes amigos, a empezar a jalar gente”, recuerdan.

Así nació Juego Entre Gritos, una primera edición que juntó la muestra El Cine Doblando el Ruido, de CineChueco, con música y artes visuales. La propuesta no surgió solamente de las ganas de hacer algo distinto, sino también de una realidad que enfrentan quienes empiezan a producir por su cuenta: en Morelia hay artistas, pero no siempre existen suficientes espacios, equipo o condiciones para que puedan presentar sus proyectos.

Cuando los espacios no alcanzan

CineChueco, el proyecto de cine itinerante y autogestivo que coordina Dorali, abrió una convocatoria para recibir cortometrajes, videoclips y otras creaciones audiovisuales.

Llegaron trabajos principalmente nacionales, con propuestas de Morelia, Xalapa y otros lugares, además de una producción proveniente de Francia. Había experimentación, stop motion, música y un cortodocumental; propuestas que, como explica Dorali, estaban “fuera del cubo, fuera de lo convencional”.

Pero hacer una película no termina cuando se exporta el archivo. Hace falta dónde proyectarla. Lo mismo ocurre con una banda que busca tocar o con un artista que prepara visuales: algunos espacios no cuentan con el equipo necesario y otros manejan costos que pueden resultar difíciles de asumir para proyectos independientes. Por eso, buena parte de esta escena termina buscando alternativas y organizándose por cuenta propia.

«Yo creo que sí hacen falta foros culturales, pero foros culturales que además tengan esa visión por los artistas. Más allá de la conveniencia propia e individualista, que sea todo más colectivo», dice Dorali. Escalón Cultural fue, en este caso, una de esas puertas abiertas que permitió que una idea nacida como un concierto terminara convirtiéndose en una propuesta donde pudieran convivir cine, música y artes visuales.

Cuando los espacios no alcanzan, los artistas también terminan convirtiéndose en gestores: buscan el lugar, consiguen a quienes participan, difunden el evento y llevan a su propio público. No esperan necesariamente a que aparezca un recinto; muchas veces empiezan con lo que tienen y construyen alrededor de los pocos lugares que sí deciden abrirles la puerta.

El público también construye el espacio

La otra parte estaba en las comunidades que cada proyecto había formado alrededor de su trabajo. CineChueco tenía su público; las bandas, el suyo; los artistas visuales, otro. Al juntarlos, una persona podía llegar por una banda y terminar frente a un cortometraje, o acudir por el cine y descubrir una propuesta musical.

«Cada artista, cada banda, cada quien jala a su persona», explica Artur. Esa lógica es también una forma de sostener los proyectos independientes: pequeñas comunidades que se conectan, llenan un espacio y hacen posible que una propuesta tenga continuidad.

Para Dorali, además, el objetivo no era solamente reunir gente durante unas horas, sino provocar algo que permaneciera después. «Esperamos que puedan experimentar otros estímulos, otras sensaciones y que salgan de aquí con alguna conversación, con algún sentimiento, con alguna pregunta»

Quizá así también se construye la escena cultural independiente de Morelia: no siempre desde grandes presupuestos ni desde recintos diseñados para cada disciplina, sino desde artistas que necesitan un lugar y deciden crearlo.

Un cortometraje necesita una pantalla, una banda necesita un escenario y un artista visual necesita dónde mostrar sus imágenes; cuando esos lugares no son suficientes, aparecen propuestas como Juego Entre Gritos. Porque en Morelia quizá no siempre hay dónde mostrarlo. Pero mientras haya quienes tengan algo que decir, también habrá artistas buscando dónde hacerlo.

Fotos Asaid Castro/ACG