El futbol es una religión laica que cuenta con millones de fieles en todo el planeta, pero pocos sacerdotes de la palabra escrita son capaces de entender su mística como el cronista mexicano Juan Villoro. En su célebre volumen publicado en 2006, “Dios es redondo”, el ensayista nos regala una obra que se sitúa en una encrucijada perfecta: el punto exacto donde el juego sucede dos veces, primero en la cancha de manera física y luego en la mente del público a través de la memoria y el mito. El interés primordial del narrador es captar la pasión por dicha disciplina, ese magnetismo invisible que une a desconocidos en una misma tribuna. Por ello, lejos de una cronología habitual basada en frías estadísticas o de una simple valoración de logros deportivos y vitrinas llenas de trofeos, esta entrega constituye una indagación de las emociones que el futbol suscita en el espectador. Para el periodista, no es únicamente un texto sobre balompié, sino un tratado antropológico que examina el origen del hombre, su necesidad de pertenencia, su historia colectiva y esa ilusión renovada que promete cada partido. Es, en esencia, un relato monumental redactado desde el corazón y para el alma del aficionado genuino.

El título del compendio proviene directamente de la columna que Villoro escribió para el periódico La Jornada durante el Mundial de Francia ‘98, una justa que marcó un hito en su producción literaria. A partir de esa experiencia en la prensa, el creador emprende un viaje introspectivo donde también se analiza a sí mismo y desentierra los pilares de su infancia y su propia educación sentimental. Nos habla con entrañable nostalgia de su temprana afición por el Necaxa y por el Futbol Club Barcelona, un dilema de amores geográficos fuertemente ligado a la memoria de su padre español, el filósofo Luis Villoro, quien llegó a México cuando él apenas tenía seis años.

También rememora con viveza su incursión en el Colegio Alemán, un entorno rígido donde el patio de recreo era el único refugio para “desestresarse” del rigor académico, un territorio sagrado donde los suéteres colocados en el suelo hacían las veces de puntos de portería y el asfalto se transformaba en el Estadio Azteca. El pensador apunta que es difícil encariñarse con una actividad física sin querer practicarla alguna vez; confiesa con orgullo que disputó numerosos encuentros en su juventud e incluso militó en las fuerzas inferiores de los Pumas de la UNAM. Sin embargo, a los dieciséis años, ante la decisiva categoría juvenil donde se define el destino de los elegidos, la dura realidad técnica se impuso: supo que no podría acceder a la primera división y comprendió, con una ironía melancólica, que solo anotaría un gol en el mítico Maracaná cuando estuviera profundamente dormido.

Asimismo, el autor aclara que el espectador vive en un perpetuo estado de infancia, una condición psicológica suspendida en el tiempo que lo empuja a buscar la capacidad para la magia y el asombro. Aunque contemple un choque lastrado por el fantasma del dopaje, el mercadeo voraz de las multinacionales y las impresentables bajezas de los grupos ultras, el seguidor fiel siempre puede hallar ahí esa playa desconocida donde alguien domina un esférico por el simple gusto de hacerlo, devolviendo la competencia a su estado de pureza original.

Juan Villoro desglosa también las diversas formas del fervor contemporáneo y, para lograrlo, enriquece sus páginas con citas y conceptos que van desde Jorge Valdano, campeón del mundo en México ‘86 y lúcido analista del entorno, hasta el corresponsal polaco Ryszard Kapuściński, quien entendía que este deporte a veces se entrelaza con la guerra y la política de las naciones. A través de capítulos tan potentes y líricos como “La noche en que Diego salvó a Maradona” o “La Casa Blanca del Futbol”, el literato detalla las hazañas épicas, las costumbres sociológicas y las vicisitudes que ha habido en esta disciplina, demostrando por qué este entusiasmo desbordado nos conmueve tanto y sigue siendo el espejo más fiel de la condición humana.

Héctor DIMAS