Morelia, Michoacán.- A veces una historia empieza con algo pequeño. En el caso de Lourdes Vega, comenzó con un mamut hecho a contrarreloj para cumplir con una tarea escolar de su hija. No hubo planeación de negocio, estrategia de ventas ni la intención inicial de convertirlo en un proyecto de vida. Hubo, más bien, una urgencia doméstica, unas manos que ya sabían tejer desde la infancia y la intuición de resolver con lo que tenía cerca: estambre.

Ese mamut, cuenta, marcó un antes y un después.

“Desde pequeña aprendí a tejer. Mi mamá me enseñó, pero ya dedicarme a tejer fue porque a mi hija le pidieron en la escuela un mamut, pero me dijo un día antes. Y yo no tenía nada, nada más tenía estambre y dije: pues se lo voy a hacer de estambre”, relata Lourdes.

Al día siguiente, la figura llamó la atención. Gustó entre maestras y compañeras. Lo que parecía una salida de emergencia abrió una ruta que con el tiempo se volvió oficio, emprendimiento y también una forma de bienestar personal. “Ahí fue cuando empecé a elaborar figuritas de animalitos, de personas o plantitas, pero todo en crochet. Así empecé”, recuerda.

Hoy, a sus 58 años, Lourdes mira ese momento como el punto de partida de una historia que ha ido creciendo puntada a puntada durante los últimos 15 años. Antes de ello, su vida estaba vinculada al hogar y a un aprendizaje heredado de su madre. Con ella hacía muñecas de trapo; también la ayudaba a coser, a tejer y a vender en Uruapan, de donde es originaria. Sin saberlo, ahí ya se estaba formando la mujer que después encontraría en el tejido su propio camino.

El nombre de su proyecto tampoco es casual. Baúl de Lulú Manualidades carga una memoria afectiva. Remite a la imagen de su abuelita y a ese baúl del que salían cosas, recuerdos y objetos guardados con cariño. En ese nombre hay también una manera de honrar a la familia y de reconocer que muchas veces los oficios manuales nacen en casa, entre enseñanzas que no pasan por una escuela formal, pero que permanecen en las manos.

Cuando Lourdes comenzó a crear sus figuras en crochet, ni siquiera sabía que existía el término amigurumi. Después supo que esas piezas tejidas tenían nombre y que su origen estaba vinculado a Japón, pero para entonces ella ya había llegado por cuenta propia a ese mundo, guiada por la práctica, la observación y la creatividad. “No sabía yo que existían, ni idea, pero se me ocurrió hacerlo de estambre y después ya vi que empezó todo eso de los amigurumis”, cuenta.

Su trabajo fue encontrando salida poco a poco. Primero a través de quienes comenzaron a pedirle piezas. Luego vino otro aprendizaje: el de entrar a la tecnología, aunque al principio no fuera lo suyo. Fue su hijo quien le abrió una página para mostrar su trabajo, y a partir de ahí Lourdes empezó a familiarizarse con un terreno que le era ajeno, pero que terminó siendo clave para sostener y ampliar su emprendimiento.

“Yo no quería entrarle mucho a la tecnología porque no era lo mío, pero ya uno tiene que entrar a la tecnología, ya es necesario, es como aprender a escribir”, dice. Y resume en pocas palabras lo que implica sacar adelante un proyecto como el suyo: “Es todo un proceso poder elaborar, poder publicar, tener que vender, tener que elaborar”.

En Baúl de Lulú Manualidades conviven dos ritmos. Está lo que Lourdes elabora para vender de manera directa en bazares, donde suelen salir más los llaveros, cactus, figuras pequeñas y personajes reconocibles. Y está también lo que llega por internet, donde los pedidos suelen ser más específicos y personalizados: familias completas convertidas en muñecos, encargos para doctores y piezas pensadas incluso como apoyo didáctico.

Uno de los trabajos que más recuerda fue el que le hizo a una doctora: una representación tejida de mamas para explicar a mujeres con cáncer cómo cuidarse y atenderse. Más allá de lo inusual del pedido, el encargo le mostró que sus manualidades podían tener también una utilidad social, pedagógica y sensible.

Pero si algo sostiene esta historia no es sólo la venta. Es la relación íntima que Lourdes ha construido con el tejido. Para ella, tejer no es únicamente producir. Es también una forma de estar mejor. Lo dice con claridad cuando habla de la artritis y de cómo esta actividad le ayuda a relajarse y a mantenerse activa.

“Es muy relajante, aparte de que también es terapéutico. Yo tengo una enfermedad, por ejemplo, artritis, entonces me ayuda a relajarme. Es muy buena terapia el tejer también, aparte de que me ayuda económicamente, o sea, lo tiene todo”, expresa.

En esa definición cabe buena parte de su historia: el tejido como terapia, como ingreso y como espacio para imaginar. Porque en cada pieza también hay diseño, planeación y un ejercicio constante de creatividad. Lourdes no sólo reproduce figuras; piensa qué va a hacer, cómo lo va a resolver y qué forma tomará el estambre entre sus manos.

Si volviera al pasado, asegura, elegiría de nuevo ese camino. No lo dice desde la nostalgia, sino desde la experiencia. Sabe que el oficio exige tiempo, paciencia y constancia, pero también le ha devuelto satisfacción. Una de las señales más claras de que va por el camino correcto aparece cada vez que alguien se detiene frente a su trabajo.

“Las personas cuando vienen me dicen: ‘Ay, qué bonito, me gusta’, y ves la expresión de las personas y cómo les gusta. Eso es lo que me hace sentir bien, que estoy haciendo las cosas bien”, afirma. “Yo creo que eso es lo que me marca día a día”.

Lourdes Vega no sólo vende manualidades. En cada muñeco, llavero o figura tejida hay una parte de su historia: la enseñanza de su madre, la memoria de su abuela, la necesidad convertida en oficio y la decisión de seguir creando. Baúl de Lulú Manualidades, más que una marca, parece justamente eso: un baúl abierto donde caben la memoria, el trabajo y la ternura hecha estambre.

Fotos: Alfredo Soria/ACG.