Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán.- Felipe Horta, viene de la comunidad de Tócuaro, en la Meseta Purépecha, y desde hace más de 45 años se dedica a tallar máscaras de madera, esas que en su pueblo cobran vida durante las pastorelas y las danzas donde los diablos bailan, brincan y se burlan del mundo.

Felipe no se presenta como artista, sino como artesano. Dice su nombre, dice su origen y dice lo que hace: máscaras. Las hace de troncos de aguacate o de copal, madera noble pero traicionera si no se le conoce bien. Sus piezas no se ensamblan, no se pegan, no se corrigen después: nacen de un solo tronco y de ahí se levantan, poco a poco, hasta que el diablo, la serpiente o el animal extraño aparece.
«El reto de una pieza grande es hacerla de una sola pieza, sin ensambles», explica mientras señala una máscara cargada de formas, serpientes y figuras que se enredan unas con otras. «Hay muchas máscaras muy buenas en todo el país, pero las de nosotros son especiales porque son de una sola pieza».
El tronco, el trazo y el riesgo
El proceso comienza con un tronco grande. No hay moldes industriales ni líneas marcadas de antemano. Felipe perfora, ahueca y va levantando las formas con extremo cuidado. Un error, una presión de más, puede arruinar semanas de trabajo. Por eso, una pieza altamente elaborada puede costar hasta 30 mil pesos; otras, más sencillas, rondan entre los dos mil y cinco mil, dependiendo del tallado.

«Todo es el trazo», dice. «Cada línea tiene que pensarse bien, porque si se rompe, ya no hay vuelta atrás». La habilidad no se aprende en libros: se adquiere con los años, con piezas que se rompen, con manos que aprenden a leer la madera.
Una máscara grande puede tardar hasta un mes en estar terminada.
Hay que dejarla reposar, trabajarla poco a poco, cuidarla. Después viene el color. Felipe no usa acrílicos comunes: pinta con lacas automotivas, las mismas que se usan en los carros, para lograr acabados brillantes y resistentes al uso rudo de la danza.
Diablos, animales y memoria de la comunidad
Las máscaras que hace Felipe representan, principalmente, a los diablos de la pastorela de Tócuaro. No son rostros simples. En ellas aparecen animales, figuras mitológicas y símbolos que dialogan con la historia y las creencias del lugar. Algunas incluso son usadas en otras regiones, como en la isla de Janitzio, donde los diablos tienen rostros de animales, como el puerco.

La tradición no siempre fue así. Felipe recuerda que su padre, junto con otro hombre de la comunidad, comenzó a diseñar máscaras alrededor de 1940. Antes, las pastorelas eran coloquios: obras habladas, sin brincos ni máscaras. Los primeros diablos eran sencillos, solo el rojo o el negro, sin animales ni adornos.

Con el tiempo, las generaciones fueron transformando la máscara, dándole movimiento, complejidad y carácter. Una de sus piezas más elaboradas reúne símbolos del Día de Muertos, a Quetzalcóatl —la serpiente emplumada— y a personajes que representan a misioneros franciscanos.
Los ojos, de vidrio, parecen mirar de regreso al espectador, como si la máscara aún no decidiera si es objeto o personaje.
Felipe no solo talla madera; talla memoria.
Fotos Asaid Castro/ACG



