Por: Alfredo Soria/ACG.
Morelia, Michoacán.- El Parkinson suele asociarse de inmediato con el temblor, pero no siempre empieza ahí. A veces aparece primero como una rigidez que parece menor, como una lentitud que en casa se atribuye a la edad o como cambios sutiles en la escritura y en los movimientos cotidianos. Esa es una de las primeras advertencias que deja el doctor José Gabriel Meza Nieto, docente de la Licenciatura en Medicina de la Universidad Vasco de Quiroga (UVAQ), al hablar de un padecimiento que sigue rodeado de desinformación y prejuicios.
“El Parkinson es una enfermedad crónica, neurodegenerativa, progresiva, irreversible, y discapacitante ya en etapas avanzadas”, explica. Entre sus manifestaciones principales, señala, están “los temblores, la rigidez de músculos y la lentitud de movimientos”, aunque subraya que la enfermedad no siempre se presenta de la misma forma desde el inicio.
De acuerdo con el especialista, quien además se desempeña como coordinador del área de Anatomía y Anfiteatro en la UVAQ, el grupo más afectado es el de personas mayores de 60 años, aunque también puede presentarse antes. “Puede afectar incluso desde los 30 años”, comenta, aunque aclara que en esos casos se trata de un porcentaje mucho menor. Añade que es más frecuente en hombres y que entre los factores de riesgo aparecen antecedentes hereditarios en una proporción reducida, así como la exposición a herbicidas, plaguicidas y otras sustancias tóxicas.
Pero uno de los errores más comunes es pensar que el Parkinson siempre arranca con el síntoma más visible. “No siempre iniciamos con temblores”, dice. Aunque reconoce que en muchas fases iniciales sí aparece un temblor en reposo, sobre todo de un solo lado del cuerpo, también puede comenzar con rigidez muscular o con lentitud en los movimientos. En algunos pacientes, incluso, las primeras señales aparecen en la forma de escribir, con letras más pequeñas y trazos más apretados.
Ese punto resulta clave porque el diagnóstico no depende de una prueba única que confirme por sí sola la enfermedad. “El diagnóstico del Parkinson es clínico”, explica Meza Nieto, al señalar que la identificación del padecimiento se basa en la exploración física integral y en la valoración de un neurólogo. Por eso insiste en que reconocer las señales tempranas puede marcar una diferencia importante.

Ahí está, justamente, una de las partes más importantes de la conversación: el tiempo.
“Es muy importante detectarlo a tiempo”, afirma. Explica que cuando el Parkinson se identifica en etapas iniciales y se comienza el tratamiento, especialmente con medicamentos como la levodopa, es posible retrasar el avance de los síntomas y disminuir el riesgo de discapacidad. “Retardamos estos síntomas, retardamos un poquito la aparición o el avance de la enfermedad”, señala. No se trata de una cura, pero sí de una intervención que puede ayudar a conservar durante más tiempo la autonomía del paciente.
Sobre la atención médica, el doctor menciona que existen tratamientos farmacológicos de uso frecuente, como la levodopa y la carbidopa, y también alternativas más complejas en ciertos casos, entre ellas procedimientos quirúrgicos y dispositivos cerebrales orientados a disminuir los movimientos involuntarios. Sin embargo, reconoce que no todos los pacientes pueden acceder a esas opciones por su costo.
La enfermedad, además, va mucho más allá del temblor.
“El Parkinson no solo nos da temblor, rigidez y lentitud de movimientos”, advierte. Conforme progresa, explica, también pueden aparecer dificultades para deglutir, pérdida del olfato, problemas musculares que afectan funciones básicas y una dependencia cada vez mayor de otras personas. Por eso insiste en que el tratamiento no debería pensarse solo desde el medicamento, sino también desde la rehabilitación, la nutrición y el acompañamiento permanente.
Ese deterioro impacta de forma directa en la vida diaria. Meza Nieto habla de personas que dejan de ser contratadas, que enfrentan discriminación por su forma de caminar o por la lentitud con la que realizan actividades cotidianas, y que poco a poco pierden independencia. “Sí, impacta mucho”, resume. En fases más avanzadas, agrega, los pacientes pueden sufrir caídas, fracturas y una dependencia casi total para movilizarse o realizar tareas básicas.
A ese desgaste físico se suma otro problema: la carga social que todavía acompaña al Parkinson. “Se piensa que es una enfermedad mental; no es una enfermedad mental”, remarca. También rechaza otra idea extendida: “no es contagiosa la enfermedad”. En su valoración, esos prejuicios aíslan a los pacientes y agravan el impacto emocional de un padecimiento que ya de por sí implica depresión, ansiedad y cambios profundos en la vida cotidiana.
La atención, además, no siempre resulta sencilla. El especialista señala que el seguimiento ideal requiere neurólogo, rehabilitación, apoyo nutricional y cuidados continuos, algo que encarece el tratamiento y limita el acceso para muchas familias. En México, dice, la atención suele concentrarse principalmente en instituciones como el IMSS y el ISSSTE, mientras que en etapas avanzadas el paciente puede requerir bastón, andadera, silla de ruedas o cuidados permanentes en cama.

Más que una fecha en el calendario, la conmemoración del 11 de abril abre la posibilidad de insistir en algo concreto: reconocer los primeros síntomas antes de que la enfermedad avance demasiado. Desde la experiencia médica y académica que comparte también en las aulas de la UVAQ, Meza Nieto subraya que el primer paso sigue siendo no dejar pasar las señales de alerta. “Debemos detectar a tiempo los primeros síntomas”, insiste. Y enumera de nuevo los signos que no conviene minimizar: temblor en una mano, en los dedos, en los labios o en la barba; rigidez del cuerpo con dolor, y lentitud en los movimientos.
Al final, su mensaje apunta también a la forma en que la sociedad mira a quienes viven con este padecimiento. “El Parkinson no es contagioso, pero la discriminación sí lo es”, plantea al retomar una de las ideas que más le preocupan. Entender la enfermedad, atenderla temprano y dejar de reducirla a estigmas puede no solo retrasar sus secuelas, sino también hacer más llevadera la vida de los pacientes y de quienes los cuidan.
Fotos y video: Alfredo Soria/ACG.



