Indaparapeo, Michoacán.- Desde temprano, cuando el día apenas comienza a tomar forma, Jorge Ramos Sánchez se sienta frente a una silla aún incompleta. Sus manos toman tiras de tule y, con movimientos que parecen aprendidos por la memoria más que por la vista, comienza a entrelazarlas. Para él no es solo un trabajo: es un oficio que ha acompañado prácticamente toda su vida.
“Soy artesano de corazón”, dice con naturalidad. Originario de Indaparapeo, Jorge creció rodeado de materiales naturales, fibras y herramientas. Recuerda que fue alrededor de los 12 o 13 años cuando comenzó a aprender el oficio. Primero con el carrizo, un material tradicional en la región que requiere un proceso largo: hay que cortarlo, machacarlo, dividirlo en medidas y después comenzar a tejer.

Con el tiempo, su trabajo se amplió hacia otro material que también nace en el agua: el tule, conocido también como palmilla o chuspata, nombre que utilizan especialmente en la región de Pátzcuaro.
Mientras trabaja, explica que cada material tiene su carácter. El carrizo es más resistente, pero también más duro para moldearlo en piezas delicadas. La chuspata, en cambio, es más flexible, más dócil para el tejido, aunque requiere cuidado para que dure con el paso de los años.

Hace unos seis o siete años, Jorge comenzó a trabajar más de lleno con este material. No es algo común en su comunidad. En la colonia Guadalupe de indaparapeo Michoacán, donde vive y trabaja, son pocas las personas que se dedican a tejer chuspata; la tradición principal sigue siendo el carrizo.
Las fibras con las que trabaja no siempre se encuentran fácilmente. Aunque el tule crece en muchos lugares donde hay agua, no todo sirve para el tejido. El que él utiliza proviene del lago de Cuitzeo, en una zona conocida como la isla de Tzirio, donde la planta crece más suave y resistente.
Hay lugares donde el tule sale quebradizo, explica. Ese no sirve para trabajar. El bueno es el que permite doblarse sin romperse entre los dedos.

Incluso cuando el lago llegó a secarse por temporadas, el material no desapareció. Jorge lo compara con el carrizo: la semilla queda guardada bajo la tierra y cuando el agua regresa, vuelve a brotar.
Frente a él, la estructura metálica de una silla comienza a cubrirse poco a poco con el tejido. Cada cruce de fibras forma un patrón que parece sencillo, pero que requiere paciencia y práctica. Terminar una pieza como esa puede tomar alrededor de dos días completos de trabajo.
Mientras habla, su taller muestra señales de lo que ha aprendido durante años: cestas, tortilleros, tejidos de distintos tamaños, piezas hechas con carrizo y otras con tule. Cada una lleva la marca de un proceso manual que se repite desde hace generaciones.

Aun así, Jorge reconoce que no es un oficio tan visible como antes. Las personas que llegan a su taller lo hacen en ocasiones para reparar sillas antiguas o para volver a tejer piezas que ya tenían desde hace tiempo.
El trabajo continúa día tras día, en el mismo lugar: al pie de la carretera, en la colonia Guadalupe. Ahí comienza su jornada desde las siete de la mañana, cuando el silencio de la carretera todavía es ligero y el día apenas arranca.

Entre fibras de tule, carrizo y años de práctica, Jorge sigue haciendo lo mismo que aprendió de joven: tejer con paciencia, como si cada pieza guardara una parte de su propia historia.
Fotos: Félix Madrigal / ACG.



