Cada 28 de agosto se celebra el Día del Abuelo, y Miguel Ángel Juárez tiene 6 nietos y celebra día a día trabajando entre agujetas y zapatos.
Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán.- Entre agujetas colgantes de todos los colores, retazos de piel, olor a pegamento y el golpeteo constante de una máquina de coser de “codo”, Miguel Ángel Juárez acomoda con precisión milimétrica la costura de una bota.
Son poco más de la 1 de la tarde, y el local en Vicente Santa María, junto al templo de San Francisco, ya tiene clientes esperando. El espacio, como él mismo lo define, es «un desastre bien ordenado»: mesas, estantes y maquinas llenas de materiales y herramientas que esperan turno para ser utilizadas.
Sin embargo, quien entra a la Renovadora de Calzado Rojas percibe de inmediato confianza; ahí cada detalle importa, desde el cosido de una bota hasta la limpieza final de un par de tenis, o una bolsa, o una mochila, o una chamarra, pues hasta los textiles se reparan y renuevan en el taller.



«Llevo más de 50 años en esto», dice Miguel Ángel con una sonrisa amplia y un carisma que llena el taller. Su cabello semicanoso, su piel morena y sus manos curtidas son huellas de un oficio que comenzó poco antes de los 11 años, bajo la mirada exigente de su padre.
Orgullo de abuelo
Este 28 de agosto, Día del Abuelo, Miguel Ángel habla con ternura de su otra gran alegría, además de renovar calzado: sus seis nietos.
«Estoy muy orgulloso, primero de mis hijos, y luego de los nietos. Ya algunos hasta me traen sus zapatos para que se los arregle el abuelo», cuenta con un brillo en el rostro.
Para él, ser abuelo significa tener compañía y reconocimiento en vida. «Ellos saben lo que hago, me ven trabajar, y aunque ninguno quiere aprender este oficio, entienden que aquí está gran parte de mi historia», dice.
En una fecha que celebra la experiencia y la memoria de los mayores, Miguel Ángel combina ambas cosas en su día a día: el oficio que heredó de su padre y el cariño de los nietos que lo buscan no solo como reparador de calzado, sino como una de las figuras centrales de la familia.



Un oficio heredado y perfeccionado
Miguel Ángel se define como un hombre de trabajo. A sus 61 años, aún recuerda aquellos días de juventud cuando en los talleres casi todo era artesanal. «Antes casi no había maquinaria, todo era a mano. Mi papá me enseñó el oficio y desde entonces no lo solté», cuenta mientras acomoda una fresa que da acabado a la suela.
En cinco décadas, ha visto la transformación del oficio: de cosidos manuales a máquinas giratorias, de parches improvisados a herramientas más precisas, y aún así sostiene que el secreto sigue siendo el mismo: paciencia, detalle y respeto por el calzado del cliente.
El taller como una extensión de sí mismo
La renovadora está a cargo de Martha Zavala, quien se encarga de los acabados más finos, pero el espacio de Miguel Ángel tiene personalidad propia. Debajo de la cortina de agujetas multicolores descansa la máquina de codo, con la que cose costuras imposibles para el inexperto, o bien, los clientes.
En una maquina grande, al fondo del taller, se apilan cepillos con cerdas clasificadas por color —negro y café— para no mezclar tonos. Cada herramienta tiene un lugar. «Aquí mando yo, pero el que realmente manda es el cliente», dice entre risas mientras señala un par de Timberland recién restaurados de la suela.



El taller recibe de todo: desde zapatos escolares hasta modelos de marca que superan los mil pesos. «Una compostura puede salir en 80 pesos. ¿Qué prefieren? ¿Comprar unos nuevos de 900 o reparar los que todavía sirven?», pregunta con la voz de quien conoce bien el pulso del consumo actual.
Dice también, que la reparación de calzado ya mucha gente le ha perdido la costumbre, pues en el mercado ahora hay zapato chino que puede costar hasta 100 o 150 pesos, y antes que renovarlo, la gente prefiere comprar unos.
Fotos Asaid Castro/ACG