Morelia, Michoacán.- Antes de dirigir la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad Vasco de Quiroga (UVAQ), Luis Eduardo López Vázquez ya había aprendido a trabajar con la presión encima, a correr detrás de la noticia y a tomar decisiones en escenarios donde la cobertura periodística podía significar también estar a unos metros del peligro. Su historia no se entiende desde una oficina, sino desde el campo, la redacción, la cámara al hombro y los años en que Michoacán atravesaba algunos de sus episodios más duros. Hoy, desde la UVAQ, esa experiencia se convirtió en una forma de enseñar.

Su trayectoria reúne dos etapas que se conectan con naturalidad: la del reportero que se formó en la práctica y la del profesor que ahora busca transmitir a sus alumnos no sólo conocimientos técnicos, sino una manera de mirar el oficio. En esa ruta hay giros inesperados, figuras que marcaron su camino, coberturas que lo sacudieron, oportunidades perdidas y una certeza que fue creciendo con los años: lo suyo estaba en la comunicación, aunque al inicio no lo supiera del todo.

La vocación que llegó por otro camino

Durante la preparatoria, Luis Eduardo López Vázquez estaba convencido de que estudiaría medicina. No era una idea superficial: entró a Cruz Roja para capacitarse como técnico en urgencias médicas y llegó a imaginarse dentro de la medicina militar. “Yo estaba convencido de que iba a ser médico. Convencido”, recordó. Pero los exámenes de perfil vocacional comenzaron a decirle otra cosa: su ruta parecía estar más cerca de las ciencias sociales y humanidades que del área médico-biológica.

En ese momento aparecieron varias personas clave. Una de ellas fue su hermana, la doctora Lilia Patricia López Vázquez, quien le pidió prestar atención a lo que decían esos exámenes. Otra fue Carlos Monge, entonces en Canal 13 de Michoacán, con quien habló por primera vez sobre la posibilidad de estudiar comunicación. Y después vino Rafael Bretón, entonces director de la licenciatura en la Universidad Vasco de Quiroga, con quien terminó de darle sentido a esa inquietud que todavía no sabía nombrar.

En esa conversación apareció una clave inesperada: su interés por la medicina militar estaba atravesado por una película, La caída del halcón negro. Más que el ejercicio médico, lo que lo había atrapado era la intensidad del relato, la forma de construir emociones y el poder de las imágenes. “A mí me gustaba la idea de ser médico militar, pero por una película, que era La caída del halcón negro”, contó. La observación de Rafael Bretón fue directa: “Lo tuyo es más bien la creación de contenido, no es tanto que quieras ser médico, te gustaría crear ese tipo de contenidos, mover ese tipo de emociones”.

Aun así, entró a la UVAQ con reservas. “Entré a la carrera todavía con la idea de un año y busco la medicina”, dijo. Pero el cambio fue rápido. “Entrando aquí a la carrera me enamoré de la carrera”. Desde ahí comenzó a descubrir que su lugar no estaba en la bata, sino en la posibilidad de contar historias, producir mensajes y entender cómo la comunicación atraviesa todos los espacios de la vida pública.

La ironía del periodismo

Hay un detalle que hoy, visto a la distancia, resulta casi irónico: la materia que menos le gustaba era periodismo. Sebastián Vega, uno de sus maestros, le decía que tenía talento, aunque muchas veces se conformaba con entregar lo mínimo. Él, en cambio, pensaba que jamás se dedicaría a eso. “Yo en mi berrinche también de esa época decía pues que a mí no me interesa el periodismo, y pues me dediqué 20 años al periodismo”, relató. “Doy clases de periodismo, me apasiona por supuesto, pero sí fue el ‘no voy a hacer eso’ y termino haciendo todo lo contrario”.

Esa contradicción terminó siendo una de las claves de su historia. Lo que parecía una resistencia juvenil acabó convirtiéndose en una vocación de largo aliento, una que lo llevó a medios, coberturas complejas y, años después, de vuelta a la Universidad Vasco de Quiroga como docente y director.

Los primeros pasos en medios

Su primer acercamiento laboral llegó en 2006, todavía como estudiante, en el área de atención al aficionado del extinto Monarcas Morelia. Fue, según contó, su primer contacto con labores de relaciones públicas y levantamiento de encuestas. Después vinieron las prácticas en Canal 13 de Michoacán, entonces filial de Televisa, donde Carlos Monge era director y donde comenzó a asomarse al área de noticias.

El salto decisivo vino en 2008, cuando Sebastián Vega lo envió a buscar prácticas profesionales en Quadratín. Entró primero como reportero gráfico. En ese momento todavía cursaba séptimo semestre, así que por las mañanas trabajaba y por las tardes acudía a clases en la UVAQ. Poco después fue contratado formalmente, el 16 de abril de 2008, y comenzó una etapa de crecimiento profesional que lo llevó de la fotografía y el video a la edición, la jefatura de información, la capacitación de franquicias y, más adelante, la subdirección de la agencia.

Coberturas en tiempos convulsos

Su llegada de tiempo completo al periodismo coincidió con una etapa especialmente difícil para Michoacán. “Fue turbulento”, resumió sobre esos primeros años. Desde el inicio le tocó cubrir hechos en un contexto marcado por la violencia, especialmente en regiones como Tierra Caliente. Ahí trabajó de cerca con Isaac Manuel Reyes Maza, con quien recorrió lugares como Apatzingán y Buenavista para reportar lo que ocurría.

Una de las primeras experiencias que lo marcaron ocurrió apenas en su primera semana como trabajador formal. Le tocó acudir a Uruapan por el desplome de un helicóptero militar. La escena fue brutal. “Te subes al vehículo y no sabes ni siquiera a dónde vas”, recordó. Llegar entre los primeros, tomar fotografías y encontrarse frente a la muerte de una forma tan directa fue, dijo, una de las experiencias que lo formaron de manera más dura. Describió “un silencio pues que no había escuchado en mi vida, realmente en un lugar tan cercano a la muerte”.

Relató también que su paso previo por Cruz Roja le dio cierta templanza en ese momento, mientras algunos de sus compañeros, enfrentados por primera vez a una escena así, tuvieron una reacción más fuerte. Esa cobertura no sólo lo marcó por la crudeza, sino porque le mostró de golpe que el oficio periodístico exigía algo más que ganas: requería sangre fría, rapidez y capacidad para mantenerse de pie en medio del impacto.

La UMSNH, la confrontación y la primera plana

La segunda experiencia decisiva llegó muy poco después, en medio de los conflictos que la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo mantenía con la Coordinadora de Universitarios en Lucha (CUL). En la Facultad de Medicina le tocó cubrir un momento de confrontación durante un intento de liberación del plantel. Lo narró como una escena caótica y peligrosa. “Uno queda en medio del fuego cruzado, y digo fuego cruzado porque literalmente volaban bombas molotov, volaban piedras, se agarraban a cinturonazos”, contó. “En cualquier momento te podía tocar a ti”.

De esa cobertura salió una de las satisfacciones profesionales que más recuerda: una fotografía suya llegó a medios nacionales y terminó en la primera plana de El Universal, ya con su nombre. “Una de las fotografías es mi primera fotografía que aparece en primera plana en El Universal, ya con mi nombre”, dijo. Hasta entonces, explicó, sus imágenes salían con el crédito de Quadratín; esa vez fue distinto. “Fue uno de mis acercamientos al ‘miren hasta dónde puede llegar mi trabajo’”.
Esa anécdota resume bien una parte de su formación: el periodismo como un trabajo de riesgo, sí, pero también como una plataforma desde la que una imagen tomada en el momento preciso puede cruzar fronteras y colocar a un reportero local en la conversación nacional.

La suerte también cuenta

Cuando recuerda aquellos años, López Vázquez también habla del papel que tuvo la suerte. Mencionó, por ejemplo, que no fue víctima de los atentados con granadas de 2008 “por pura suerte, por pura gracia divina”, pese a haber estado muy cerca de una de las explosiones. “Yo estaba ahí, estuve muy cerca de una de las explosiones y todo se conjuntó para que a mí no me pasara absolutamente nada”, narró. Incluso detalló que unas bocinas del templete absorbieron esquirlas y fragmentos que iban hacia donde él se encontraba. “Si me hubiera quedado en el lugar en el que originalmente estaba, seguramente no estaría aquí o estaría en otra condición”.

La frase que acompaña ese recuerdo también dice mucho de cómo entiende el oficio: “Reportero sin suerte no es reportero”. No como frivolidad, sino como una forma de reconocer que muchas coberturas se hacen en una línea muy delgada entre el deber profesional y el azar.

El momento en que supo que era lo suyo

Aunque las coberturas de riesgo ya lo habían marcado, hubo un momento específico en que entendió con claridad que el periodismo era el lugar donde quería estar. Ocurrió en 2010, durante una jornada de narcobloqueos en Morelia. Desde la mesa de redacción, coordinando reporteros y siguiendo el desarrollo de los hechos, sintió que estaba en el sitio exacto para presenciar uno de los episodios más importantes de la historia reciente del estado. “Dije: esto me encanta, porque estuve en el lugar correcto para estar en la primera fila de uno de los acontecimientos históricos más importantes del estado”, recordó.

Ese momento lo marcó porque le confirmó algo que ya venía creciendo dentro de él: que más allá del cansancio, el riesgo o la exigencia, le apasionaba estar ahí, donde la historia ocurre. Esa sensación de primera fila, de contacto directo con el presente, terminó de afirmarlo en una profesión que inicialmente no pensaba abrazar.

La oportunidad que no volvió

En una trayectoria larga también pesan las oportunidades que se escapan. En su caso, una de ellas estuvo relacionada con no haberse titulado a tiempo. López Vázquez contó que en algún momento encontró una posibilidad laboral para irse como editor a una casa productora en Nueva Zelanda, pero le exigían título profesional. No lo tenía. “Era irme de editor a una casa productora en Nueva Zelanda. Pero pedían el título. Y no lo tenía”, relató.

La manera en que recuerda ese episodio deja ver cuánto le impactó. “Mi vida sería otra, muy posiblemente. O tal vez me hubiera regresado a los 15 días, pero… se fue. Y nunca sabré qué hubiera pasado”. Más que un lamento, lo convirtió en una lección que ahora repite a sus alumnos y egresados: no dejar trámites a medias, porque a veces las oportunidades más importantes llegan cuando uno todavía no imagina el alcance que pueden tener.

El regreso a la Universidad Vasco de Quiroga

Después de años en medios, su historia volvió a cruzarse con la UVAQ. En 2019, el mismo Sebastián Vega que años atrás lo había encaminado a sus prácticas lo invitó a dar clases en la facultad. Ahí comenzó una nueva etapa, paralela a sus labores en medios, hasta que en 2025, “por una coyuntura”, recibió la posibilidad de asumir la dirección de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad Vasco de Quiroga.

Su regreso a la universidad no fue el de alguien que abandonó el oficio para refugiarse en la academia. Al contrario: volvió con una experiencia acumulada en redacciones, coberturas, coordinación y formación de equipos, y con la idea de que todo eso podía convertirse en herramientas para las nuevas generaciones. En ese sentido, la UVAQ aparece en su historia no sólo como el lugar donde estudió, sino como la institución a la que volvió para compartir lo aprendido.
Formar desde la experiencia

Cuando habla de su carrera, Luis Eduardo no lo hace desde el triunfalismo. Habla más bien del sentido que ha encontrado en ella. “La carrera me ha traído demasiadas satisfacciones. Tal vez no riquezas, tal vez no lujos, pero sí me ha traído muchísima satisfacción”, dijo al reflexionar sobre lo recorrido. Esa satisfacción, explicó, tiene que ver con saber que su trabajo ha servido para “cambiar realidades” y “denunciar aquello que está mal”.

Por eso, ahora que está al frente de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la UVAQ, una de sus principales convicciones es que toda esa experiencia no debe quedarse en su historia personal, sino convertirse en una herramienta para otros. “Todo esto aprendí y ahora es lo que estoy enseñándoles a los alumnos”, señaló al hablar de los años más difíciles que le tocó cubrir.

A los jóvenes les insiste en dos ideas. La primera: atreverse. “Que se atrevan a hacer las cosas”, aconsejó. La segunda: no posponer la formación. “Cualquier inversión en educación es invertir en uno mismo”. Las dos frases dialogan con su propia biografía: un estudiante que dudó de su camino, un reportero que creció en la práctica, un profesional que dejó pasar años antes de retomar estudios y que hoy, desde la Universidad Vasco de Quiroga, busca que otros no tropiecen con las mismas piedras.

Una frase para resumir el camino

al preguntarle como resumiría su historia en una sola frase, respondió: “Avanzando en el camino para que otros lo tengan más sencillo”. La frase funciona como una buena síntesis de su trayecto: el de alguien que se abrió paso entre la urgencia del periodismo, las coberturas difíciles, los aciertos, los riesgos y las decisiones tardías, para luego regresar a la UVAQ con la intención de hacer más fácil el camino de quienes vienen detrás.

Fotos y video: Alfredo Soria/ACG.