Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán.- Con los ojos llenos de lágrimas, Lidia Sánchez deja su hogar tras 30 años de habitar el primer cuarto de una vecindad en la colonia Vasco de Quiroga, sobre la calle Curtidores de Teremendo. La fachada verde, desgastada por el tiempo y varios grafitis, se resiste a desaparecer, pues vendieron el terreno, la vecindad será derrumbada y a Lidia, como a los demás inquilinos que la habitaban, les dieron apenas un mes para desalojar, ella es la última en irse. No hubo margen para negociar, ni tiempo suficiente para asimilar lo que significa abandonar un espacio que no solo fue vivienda, sino historia, y para Lidia, un refugio de tres decadas.

Vendieron el terreno, la vecindad será derrumbada y a Lidia, como a los demás inquilinos que la habitaban, les dieron apenas un mes para desalojar, ella es la última en irse. No hubo margen para negociar, ni tiempo suficiente para asimilar lo que significa abandonar un espacio que no solo fue vivienda, sino historia, y para Lidia, un refugio de tres decadas.
Viste un vestido negro con flores blancas y un mandil rojo a cuadros. Su pelo es cano y su expresión no sale de la tristeza, mientras nos platica dentro de su cuarto, rodeada de unos cuantos muebles, que en la Vasco, antes habían vecindades por doquier, hoy ,quedan solo unas dos o tres, según cuenta. Afuera de su cuarto, en el pasillo, el polvo se levanta con cada objeto que mueve su nieta: cajas, bolsas, y varios objetos que guardan años de uso.

En la calle, el camión de mudanza aún no llega, pero la despedida ya empezó. En ese espacio pequeño, aseguró, crecieron sus hijos, compartió pasillos, agua, problemas y también celebraciones con otros vecinos. Eran 13 cuartos ocupados en total, con paredes compartidas y una convivencia que era amplia; lo que ayer se empacaba no son solo cosas: es una forma de vida que se desarma poco a poco.
«Pues aquí nacieron mis niños chiquitos, ya tiene 30 años, en cada cuarto vivían de a tres, de a cuatro. No me duele dejar la vecindad, sino la convivencia de tantos años, ya era mi hogar», dice con la voz cortada, mientras voltea hacia el patio común, ahora medio, donde antes había movimiento constante.
Durante años pagó 500 pesos de renta, una cantidad que con el tiempo se volvió impensable en una ciudad donde el costo de la vivienda crece sin pausa. Ahora deberá pagar seis mil pesos en otro lugar, más grande, pero agregando más peso a las condiciones que tenía antes. El cambio no es solo económico, es también emocional.
«De tantos años, nos dieron un mes para irnos… yo le dije: no me voy a ir en un mes, tengo que conseguir casa», recuerda, todavía con incredulidad pues buscar casa implicó recorrer calles, preguntar precios, comparar espacios que nunca alcanzaban. Todo era más caro, más ajeno. La urgencia la obligó a aceptar lo que encontró, aunque eso implicara dejar atrás la estabilidad que había construido.
Entre patios, tendederos y memorias compartidas
A unas calles de ahí, sobre Tejedores de Aranza, otra vecindad aguanta. La fachada amarilla con letras negras anuncia la renta de cuartos con baño y cocina. Al cruzar la entrada, los colores naranjas y verdes del interior contrastan con la ropa tendida que atraviesa el patio central de extremo a extremo.
Hay niñas corriendo, risas breves, pasos que resuenan sobre el piso y una mujer de 86 años que observa desde una silla azul, a la sombra y junto a los lavaderos; su nombre es Genoveva, desplazada de la vecindad de fachada verde, y por cierto, vecina de la señora Lidia. Dice, que ella está agusto viviendo en una vecindad, aunque la renta le subió a 2 mil 500 pesos.

Irma Lorena López Morales abre la puerta de su cuarto, en esta vecindad, habita el número 15. Viene de Jalisco y lleva casi un año viviendo ahí. El espacio es reducido pero funcional: una cama, su tele, un altar, cosas personales, una pequeña cocina y un baño. Irónicamente, en la televisión de su cuarto un episodio de El Chavo del 8 acompaña la conversación.

«Vivir en una vecindad es vivir tiempos atrás… es andar corre y corre, puro chisme, así crecí yo», dice con una mezcla de nostalgia y naturalidad.
Ella paga también dos mil quinientos pesos de renta, más servicios. El agua se divide entre todos los habitantes y, en ocasiones, el recibo alcanza cifras elevadas que deben repartirse. La luz corre por cuenta individual. Todo se mide, todo se ajusta y a diferencia de lo que recuerda de su infancia, ahora la vecindad es más silenciosa. Hay menos niños, menos movimiento, menos vida en común.
«Ya no hay tanta gente, ya no ves los tendederos llenos como antes… ahora es más tranquila», explica mientras mira hacia el patio, asomada desde su puerta.
Llegó ahí sin conocer la ciudad de Morelia. Buscaba un lugar donde quedarse y encontró un letrero. Paso la puerta, preguntó el precio y decidió quedarse. No fue una elección ideal, sino una opción disponible.
«Yo vengo desde abajo… yo he vivido en vecindades, y no me da vergüenza», afirma, a la vez que econoce que el entorno ha cambiado. La inseguridad y el miedo también forman parte de la experiencia cotidiana, lo que limita la convivencia que antes caracterizaba estos espacios. Aunque ella, por que no conoce del todo Morelia.
Espacios pequeños, rentas grandes
En la misma vecindad, Ana Karen Patiño lleva apenas dos meses viviendo ahí. Llegó después de buscar sin éxito otro tipo de vivienda. Pensó que la vecindad sería más accesible, pero se encontró con una realidad distinta: rentas elevadas para espacios reducidos, donde apenas cabe lo indispensable.

«Es más caro… una renta está como en tres mil pesos», señala muy concretame, desde las escaleras que suben a su cuarto.
Comparte el cuarto con otras dos personas. El espacio se limita a una habitación y una pequeña cocina, dice que no hay espacio para más. La falta de amplitud ha sido uno de los cambios más difíciles de asimilar, sobre todo porque antes vivía en un lugar más grande. Aquí, todo se concentra, se reduce, se adapta a lo mínimo.

Aunque la convivencia no ha representado un problema, pues la describe como tranquila y sin conflictos mayores, no recomendaría vivir en una vecindad. No por las personas, sino por las condiciones físicas del lugar, que resultan insuficientes frente a lo que se paga.
«La verdad que no… por los espacios», afirma, sin mucho rodeo.

La vecindad tiene alrededor de 15 cuartos, todos ocupados y existen reglas claras: no hacer ruido, cuidar el agua, mantener el orden en las áreas comunes. Es un sistema que funciona, pero que también evidencia la precariedad en la que se sostiene. A diferencia de Lidia, que se ve obligada a irse, Ana Karen apenas comienza su estancia, sin embargo, ambas coinciden en algo: la vecindad ya no es una elección, sino una de las pocas alternativas disponibles.
En la Vasco de Quiroga, estos espacios desaparecen de forma gradual, es difícil encontrarlos; algunos resisten, otros están a punto de convertirse en escombro. Según datos del INEGI del 2020, tan solo en Morelia había 1,414 vecindades, ocupadas por más de 3 mil 300 personas, hoy, esa forma de vida se esfuma para Lidia; cambia para Genoveva; regresa para Irma; y para Ana Karen, apenas inicia entre tendederos y cuartos reducidos.
Fotos Asaid Castro/ACG



