Morelia, Michoacán.— En un trayecto de El Limón hacia Tiquicheo, Luis Javier García recuerda haberse encontrado con un animal que identificó como un jaguar acompañado de sus crías. Según cuenta, el terreno les impedía salir fácilmente de la carretera. Su preocupación fue no espantar a la madre: temía que reaccionara contra el camión si intentaba pasar demasiado rápido.

La escena le viene a la memoria mientras habla de lo que ha vivido como operador de transporte de carga. Tiene 37 años y conduce desde los 18. Ha conocido ciudades, entregado mercancía de madrugada, enfrentado averías y acumulado historias para una conversación de varias horas.

Originario de Mil Cumbres, aprendió el oficio de su padre, Rogelio García, quien todavía trabaja como transportista. Luis Javier es la segunda generación de su familia dedicada a esta actividad. Comenzó por la necesidad de trabajar; después encontró sus propias razones para quedarse.

“El gusto y la pasión por transportar, por gustarme las carreteras, conocer nuevas ciudades”, expresa.

Cuando se le pregunta qué disfruta de su trabajo, responde: “Servir a la gente por medio de mi trabajo”. Piensa en esas entregas para las que viaja a las dos o tres de la mañana, sabiendo que al día siguiente alguien necesita la mercancía para venderla o utilizarla. Resolver las dificultades del trayecto y llegar al destino todavía le producen satisfacción.

Las noches también le han dejado recuerdos que no sabe explicar del todo. En la zona de Tuzantla a El Limón, relata, ha visto luces de un vehículo que parece bajar por la carretera. Se prepara para cruzárselo, le deja espacio y espera el resplandor de los faros, pero el automóvil nunca pasa.

Al hablar de esas experiencias, que suelen alimentar las historias de carretera, él mismo introduce una duda: “Ahora que lo veo va más dirigido al cansancio”.

También recuerda luces rápidas o intermitentes a lo lejos, algunas mientras permanece detenido por una falla mecánica. Menciona los ovnis, aunque enseguida admite que desconoce qué ha visto: “No sé si son estrellas fugaces”.

Luis Javier es católico. Encomendarse a Dios y a la Virgen, dice, le permite sobrellevar la incertidumbre cuando una avería lo obliga a quedarse a media carretera.

“Creo yo que eso me ha ayudado mucho a estar solo en las carreteras”.

De una de esas fallas conserva un recuerdo distinto. Llevaba fertilizante por la zona de Huetamo y Altamirano cuando el camión se descompuso en una subida. Ya acumulaba tres días averiado y las condiciones del lugar dificultaban pasar la carga a otra unidad.

Personas de la zona se acercaron a ayudarlo. Le llevaron comida, agua y ofrecieron sus conocimientos de mecánica, aunque algunos estaban más familiarizados con automóviles que con camiones. Él transportaba el fertilizante que necesitaban.

“Me acuerdo mucho de esa situación”, cuenta. “Duré una semana para entregar ese viaje”.

El recuerdo de la avería quedó ligado al apoyo que recibió y al gusto de cumplir la entrega. Sin embargo, reconoce que las experiencias de robos y extorsiones son las que más abundan ahora en su memoria. Describe la conducción con pasión cuando puede circular seguro, pero también “con mucho miedo e incertidumbre” por los riesgos del camino.

A ello se suma la distancia de casa. Tiene tres hijos y el trabajo lo mantiene lejos en fechas y momentos importantes para su familia.

Si dejara de conducir, buscaría seguir en el transporte como coordinador logístico o instructor. Le gustaría capacitar a otros operadores y compartir lo aprendido para ayudarles a enfrentar dificultades que él ya conoce.

A sus hijos también les llama la atención el oficio. Luis Javier quisiera transmitirles el gusto que recibió de su padre, aunque piensa en orientarlos hacia otras áreas de la logística, “donde no sea tan peligroso”. Si deciden manejar, espera que puedan contribuir a mejorar la seguridad de sus compañeros.