Por Félix Madriga
Morelia, Michoacán.- En el marco de las actividades por el Día Mundial del Teatro, la obra “Máquina 2520” encontró un lugar íntimo en el escenario del Teatro Melchor Ocampo, donde el silencio del público terminó por volverse emoción compartida.
Presentada por el colectivo Pegamento de Contacto, bajo la dirección de Erika Hernández, con la participación de Abraham Velázquez y la producción de Jaime Nerón, la puesta en escena, a partir del texto de Raúl Ángeles, se desliza con una sencillez engañosa, como si cada palabra fuera apenas un hilo que, poco a poco, termina por envolver.
María, una niña que ha hecho de la estación de tren su hogar, ocupa sus días entre sobres, timbres personalizados y pequeñas estampillas que ella misma crea para vender. La rutina parece ligera, casi lúdica, pero en el fondo está sostenida por una espera: toda la semana aguarda la llegada del domingo, el único día en que su abuelo regresa para jugar con ella.
Él, operador de la máquina 2520, aparece como una figura que transita entre lo real y lo imaginado. No le permite subir al tren, pero en su lugar le regala historias: relatos que caben en una maleta y que desbordan lo cotidiano. Ahí vive Aristides Bombástico, ese ojo que todo lo ve, que revela lo evidente como si fuera un misterio; ahí también habitan un par de patos hermanos, tan opuestos como entrañables, que cruzan el escenario con humor y desasosiego.
La obra avanza como quien hojea recuerdos. Entre juegos, palabras y silencios, el público no solo observa: participa, responde, se deja arrastrar. Esa cercanía vuelve la experiencia profundamente personal, como si cada espectador también esperara algo, a alguien.
Todo ocurre bajo la sombra de un México revolucionario. Desde Querétaro, los personajes nombran a Durango como un sitio lejano, casi irreal, “donde no llega ni Dios”, mientras los ecos del conflicto comienzan a filtrarse en la cotidianidad.
Y entonces, como un susurro que se vuelve noticia, irrumpe la tensión.
—Extra, extra…
La Revolución estalla.
Los ferrocarriles, antes caminos de encuentro, se convierten en presas fáciles. Entre revolucionarios y militares, las vías dejan de ser promesa y se vuelven incertidumbre.
Fotos: Félix Madrigal / ACG.

















